El artista catalán Antoni Miralda es tan itinerante como prolífico. Reconocido sobre todo por sus acontecimientos a gran escala -rituales colectivos, desfiles, celebraciones y fiestas-, su trabajo nace de un entusiasmo incansable por la colaboración y adopta formas múltiples y cambiantes. Su trayectoria se inicia con exposiciones participativas y acciones públicas organizadas en París a mitad y finales de la década de 1960, en un contexto de agitación política, experimentación social y revisión de los límites del arte.
Hace cuarenta años, Antoni Miralda puso en marcha un proyecto que desbordaba por completo las categorías tradicionales del arte. Honeymoon Project no fue ni una exposición convencional, ni una performance puntual, ni una obra cerrada en el tiempo, sino un proceso largo, expansivo y profundamente simbólico. Desarrollado a lo largo de seis años —de 1986 a 1992— y realizado en más de veinte ciudades de todo el mundo, el proyecto consistió en una serie de acciones ceremoniales que celebraban un matrimonio imaginario entre dos monumentos emblemáticos situados a ambos lados del Atlántico: la estatua de Cristóbal Colón en el . Manhattan, Nueva York.

Ubicados sobre el mismo paralelo y con una edad similar, estos dos monumentos se convertían, en manos de Miralda, en símbolos de un intercambio histórico de productos, ideas, creencias y tradiciones que, desde 1492, ha unido —y también tensionado— el Viejo y el Nuevo Mundo. El proyecto Honeymoon se articuló a través de más de cuarenta acciones públicas vinculadas a los diferentes momentos del ritual de apareamiento: el noviazgo, el compromiso, la ceremonia, el viaje de boda. Miles de personas participaron activamente, convirtiendo la obra en una experiencia colectiva, abierta y en constante transformación.
La propuesta partía de una imagen tan poética como provocadora: un romance ficticio que culminaba en la boda simbólica entre dos monumentos cargados de historia, poder e ideología. Al convertirlos en protagonistas de una historia de amor, Miralda les despojaba de su solemnidad habitual y los transformaba en personajes vivos, capaces de relacionarse, desplazarse y mezclarse con la gente. Este gesto irreverente no sólo humanizaba a las estatuas, sino que también invitaba a repensar críticamente los relatos oficiales, los mitos fundacionales y las relaciones de poder que estos monumentos representan.
Honeymoon Project se convirtió así en una celebración, pero también en una parodia, una crítica y una invitación al diálogo intercultural. Un proyecto que, como gran parte de la obra de Miralda, disuelve las fronteras entre arte y vida, entre fiesta y política, entre ritual y participación ciudadana.