La creación de Aleix Font en Girona parte de una invitación a rendir homenaje a Joan Brossa desde el arte contemporáneo, pero huye de la reproducción directa de la obra del poeta para explorar, en cambio, los mecanismos de pensamiento y su espíritu lúdico. La propuesta impulsada por el Ayuntamiento de Girona y Bonart, se construye a partir de la observación del entorno y de la voluntad de entrar en el universo conceptual de un creador para quien el lenguaje, los signos y los objetos podían convertirse en materia poética.
En lugar de partir de una obra concreta de Brossa, Font dirigió la mirada hacia una pared de Girona en la que ya había grafitos y tags firmados por autores urbanos. Estos trazos, nacidos de una cultura visual propia y de una manera particular de ocupar el espacio público, se convierten en el punto de partida de una operación de traducción. El artista decide trasladar cada uno de los tags al alfabeto braille, sustituyendo los signos originales por combinaciones de puntos que permiten leerlos desde otro sistema de representación.

El resultado es un paisaje braille que conserva la memoria visual de los grafitis preexistentes, pero que a su vez los transforma e incorpora a una nueva estructura de significados. En este conjunto de puntos, algunos elementos se reorganizan para dibujar las letras del apellido Brossa. La B aparece representada con el alfabeto convencional, aprovechando los puntos y modificando los colores, mientras que la R, O, S, S y A se construyen en braille a partir de puntos que provienen de los mismos grafitos. De esta forma, la intervención no se limita a añadir un nombre sobre una pared, sino que hace emerger la referencia al poeta a partir de los signos que ya habitaban ese espacio.
La propuesta abre así una reflexión sobre el lenguaje como sistema de convenciones compartidas. Lo que llamamos catalán, castellano o inglés responde a códigos que una comunidad reconoce y utiliza para comunicarse; del mismo modo, los pictogramas, los alfabetos y las diferentes formas de escritura expresan formas culturales de representar el mundo. Los grafitis y el braille también constituyen sistemas de signos, con lógicas y funciones distintas, que aquí entran en contacto y se transforman mutuamente.
En este cruce entre escritura, imagen y espacio público, Aleix Font encuentra una manera de aproximarse a Brossa sin imitarle: jugando con los códigos, desplazando sus significados y convirtiendo una pared intervenida en un campo de experimentación poética.