Reconstruir el mundo a partir de sus fragmentos es una forma de volver a mirarlo. Isabel Coixet, conocida internacionalmente por su trayectoria cinematográfica, encuentra en el collage un espacio de libertad paralelo al cine, un territorio donde las imágenes dejan de responder a un guion para establecer relaciones inesperadas. La exposición Isabel Coixet. La disciplina del caos. Collage, que puede visitarse en el San Telmo Museoa de San Sebastián hasta el 2 de noviembre, se adentra en esta práctica artística menos conocida de la creadora.
La muestra reúne más de sesenta trabajos realizados durante los últimos años en tres ciudades que han formado parte de la vida de Coixet: Nueva York, Roma y Montolieu. A través de composiciones elaboradas manualmente o mediante técnicas digitales, la cineasta explora las posibilidades expresivas de la yuxtaposición, el recorte y la recomposición. Fotografías, recortes, textos y objetos encontrados se convierten en materiales de una escritura visual que prescinde de las convenciones narrativas del cine para abrirse a asociaciones libres y sugerentes.

En estos collages conviven referencias personales, recuerdos, fragmentos de otras vidas e imágenes procedentes de contextos diversos. Su fuerza reside precisamente en esa convivencia de elementos heterogéneos, que adquieren nuevos significados cuando son desplazados de su entorno original. El resultado es un universo visual fragmentario, construido a partir de las tensiones entre lo íntimo y lo ajeno, entre la memoria y la invención, entre el azar y la voluntad de dar forma al caos.
Para Coixet, recortar no es simplemente una operación plástica, sino una manera de intervenir en la realidad. En el texto que acompaña la publicación de la exposición, la cineasta describe este gesto como una alternativa a los momentos en que la cámara, el guion o las palabras dejan de funcionar como instrumentos de creación. Ante ese bloqueo, las tijeras y los materiales preexistentes ofrecen la posibilidad de empezar de nuevo. Recortar se convierte, en sus palabras, en un «acto de violencia muy controlada», una manera de separar fragmentos del mundo para volver a reunirlos en un orden que antes no existía.
Esta reflexión permite entender el collage como una práctica que conecta con una constante de su trabajo: la voluntad de desmontar las formas establecidas para explorar otras maneras de construir sentido. Si el cine articula imágenes, sonidos, palabras y silencios dentro de una estructura narrativa, el collage libera sus elementos y los sitúa en un espacio donde las conexiones no siempre son evidentes ni definitivas. La mirada del espectador se convierte así en una parte esencial del proceso, encargada de establecer relaciones y completar las asociaciones que sugieren las composiciones.
Lejos de presentar estas piezas como un ejercicio secundario respecto a su carrera cinematográfica, la exposición las reivindica como una expresión autónoma de su imaginario. Coixet reconoce las dudas que acompañan a su producción y la dificultad de saber cuándo una obra ha alcanzado el punto deseado. Algunas piezas surgen de manera espontánea; otras pueden permanecer bloqueadas durante semanas. Esta incertidumbre forma parte de un proceso en el que la intuición, la insistencia y la posibilidad de rectificar conviven constantemente.
La cineasta también identifica en estos trabajos una honestidad particular, vinculada al hecho de que no necesitan justificarse a través de una historia ni responder a las expectativas de un público. Son el resultado de un gesto que permite dejar de pensar para empezar a recortar, rehacer, recolocar y resignificar. En esta secuencia de acciones, el collage se convierte en una forma de pensamiento visual que acepta la imperfección y encuentra en la fragmentación una posibilidad de descubrimiento.