La Galería Carlos Orozco presenta Volver a María Villa, una muestra que reúne alrededor de un centenar de obras y que propone revisar la trayectoria de una pintora autodidacta cuya producción ha quedado durante años reducida, en buena medida, a la etiqueta de 'primitivista'. La exposición está comisariada por Raúl Zuleta, investigador de su obra, junto con Carlos Uribe y Camila Téllez, y podrá visitarse del 27 de agosto al 31 de octubre.
María Villa nació el 16 de noviembre de 1909 en Guarne, Antioquia. Alejada de la formación académica y de los circuitos convencionales del arte, desarrolló una pintura profundamente personal, construida desde la observación, la memoria y una particular manera de representar el mundo que la rodeaba. Su condición de autodidacta fue durante mucho tiempo uno de los principales elementos utilizados para definirla, aunque también contribuyó a situarla en un territorio marginal dentro de la historiografía artística colombiana.
Su obra ha sido incluida habitualmente en los apartados dedicados al arte primitivista, una clasificación que resulta insuficiente para explicar la riqueza de sus pinturas. Frente a la idea de una producción ingenua o casi pueril que tradicionalmente se ha asociado a esta categoría, las obras de Villa revelan una construcción mucho más consciente del espacio, de las figuras y de las relaciones que se establecen entre ellas. Su aparente sencillez esconde una mirada capaz de condensar en superficies reducidas escenas, personajes y situaciones cargadas de tensión y significado.
También el pequeño formato forma parte inseparable de su identidad artística. Recientemente, una veintena de sus obras fueron presentadas por la galería en la feria Un-Fair de Bogotá, todas ellas de reducidas dimensiones. En Medellín, la exposición amplía considerablemente ese recorrido con un centenar de piezas que permiten observar la continuidad y la evolución de su lenguaje.
Raúl Zuleta señala que una de las razones de ese formato reducido está relacionada con las propias circunstancias materiales en las que trabajaba la artista. Villa solía pintar sobre los fragmentos de lienzo que sobraban de las telas utilizadas por su pareja, Federico Vargas. Aquello que podía parecer una limitación terminó convirtiéndose en una característica distintiva de su producción. Sus pequeñas superficies concentran una pintura de gran intensidad, en la que cada figura y cada elemento adquieren una presencia especialmente significativa.
Volver a María Villa plantea, precisamente, la necesidad de mirar esas obras más allá de las categorías que las han acompañado. La exposición no pretende únicamente recuperar a una artista poco conocida, sino también cuestionar la manera en que determinados creadores autodidactas han sido incorporados a la historia del arte. En el caso de Villa, la etiqueta de primitivista ha permitido situarla dentro de una tradición, pero al mismo tiempo ha ocultado buena parte de la singularidad de su lenguaje.
Su pintura se mueve entre lo cotidiano y lo simbólico, entre la representación reconocible y una construcción del mundo que responde únicamente a sus propias reglas. Hay en sus composiciones una voluntad de síntesis que no depende de la falta de recursos, sino de una manera particular de mirar. Las figuras, los espacios y las escenas aparecen sometidos a una lógica propia, alejada tanto de los cánones académicos como de las tendencias dominantes de su tiempo.
La recuperación de María Villa adquiere así una dimensión que va más allá de la exposición. Supone devolver visibilidad a una artista que desarrolló su obra desde una posición periférica y que, precisamente por ello, construyó un lenguaje difícil de encajar en las categorías habituales. Su pintura obliga a reconsiderar los límites entre arte académico y autodidacta, entre ingenuidad y conciencia formal, entre tradición y libertad.