Frost Art Museum at Florida International University recupera uno de los episodios fundamentales para entender la proyección internacional del arte moderno cubano con la exposición Modern Cuban Painters from Havana to New York – Revisitada, que podrá visitarse hasta el mes de octubre. La muestra, comisariada por Elizabeth T. Goizueta y Cristina Figueroa Vives, revisa el momento histórico en que la creación cubana dejó de ser una experiencia principalmente insular para incorporarse al relato artístico estadounidense.
El punto de partida de la exposición se sitúa en 1944, cuando el Museum of Modern Art presentó “Modern Cuban Painters”, la primera exposición institucional en Estados Unidos dedicada al arte moderno de Cuba. Aquella iniciativa supuso un cambio de perspectiva dentro de la narrativa del arte moderno occidental, ampliando el foco más allá de Europa, Estados Unidos y México para incorporar nuevas geografías y lenguajes creativos procedentes de América Latina.
La nueva revisión del Frost Art Museum analiza el papel que desempeñaron Nueva York, el entonces director del MoMA Alfred H. Barr Jr. y las galerías de la ciudad en la difusión del modernismo cubano durante la década de 1940. A través de pinturas, dibujos, documentos históricos y materiales de archivo, la exposición reconstruye un periodo de intensa transformación artística en el que Cuba definió una identidad visual propia y alcanzó una mayor presencia en la escena internacional.
Entre los artistas reunidos figuran nombres esenciales del modernismo cubano como Wifredo Lam, Amelia Peláez, Mariano Rodríguez, Mario Carreño, Carlos Enríquez, Roberto Diago, Cundo Bermúdez, René Portocarrero y Fidelio Ponce de León. Sus obras representan una generación que, desde finales de los años treinta, emprendió una renovación profunda del lenguaje artístico cubano.
Aquellos creadores buscaron nuevas formas de expresión a partir de una reinterpretación de la tradición barroca, la incorporación de elementos procedentes de la cultura afrocubana y una mirada renovada hacia la vida rural y los sectores sociales habitualmente ausentes de las representaciones artísticas. El resultado fue un movimiento capaz de combinar influencias internacionales con una voluntad clara de construir una estética propia vinculada a la realidad de la isla.
El contexto histórico fue determinante. Con el estallido de la Segunda Guerra Mundial, Nueva York empezó a consolidarse como uno de los grandes centros del arte occidental, favoreciendo el intercambio entre artistas europeos, estadounidenses y latinoamericanos. En ese escenario, los modernistas cubanos establecieron diálogos con movimientos como el surrealismo, el muralismo mexicano, las vanguardias europeas y las tradiciones visuales latinoamericanas, pero manteniendo siempre una búsqueda de identidad autónoma.
El vínculo entre La Habana y Nueva York comenzó a consolidarse en 1942, cuando Alfred H. Barr Jr. y el conservador Edgar Kaufmann Jr. viajaron a Cuba con el objetivo de adquirir obras para el MoMA. Durante su estancia fueron recibidos por la mecenas María Luisa Gómez Mena, por el artista Mario Carreño —su esposo en aquel momento— y por el crítico de arte José Gómez Sicre. Acompañados por ellos, visitaron estudios de diferentes artistas cubanos y conocieron de primera mano una escena creativa en plena efervescencia.
Aquel encuentro acabaría dando forma a la exposición de 1944, un proyecto que no solo presentó al público estadounidense una nueva generación de artistas cubanos, sino que también contribuyó a redefinir la idea de modernidad artística en el continente americano. Modern Cuban Painters from Havana to New York – Revisitada recupera ahora aquel capítulo para mostrar cómo la pintura cubana logró ocupar un espacio propio dentro de la historia del arte del siglo XX.