La Fundación Vayreda presenta un nuevo capítulo del ciclo 'Verónica. Mujeres visionarias', una propuesta dedicada a recuperar y valorar figuras femeninas que han desarrollado lenguajes artísticos singulares al margen de los relatos convencionales de la historia del arte. En esta ocasión, la protagonista es Josefa Tolrà, una de las creadoras más fascinantes y enigmáticas del arte catalán del siglo XX, en una exposición comisariada por Natàlia Chocarro que podrá visitarse del 18 de julio al 27 de septiembre.
Nacida en Cabrils el 6 de enero de 1880, Josefa Tolrà llevó una vida aparentemente ordinaria como trabajadora del textil hasta que la muerte de dos de sus hijos marcó un punto de inflexión irreversible. El profundo dolor provocado por estas pérdidas la condujo hacia la espiritualidad y una intensa experiencia interior. Siguiendo el consejo de un amigo espiritista, empezó a oír las voces que afirmaba percibir y dejarse guiar por una energía que identificaba con una fuerza cósmica. Aquella revelación se convertiría en el origen de una producción artística que nunca abandonaría.

Josefa Tolrà (Cabrils, 1880-1959), Figura y pavo real, s/d, © Colección Fundación, Josefa Tolrà-Art Visionari.
Para Tolrà, crear no significaba inventar, sino transmitir. No se consideraba autora de su obra, sino una intermediaria entre el mundo visible y una realidad espiritual más profunda. Esta convicción atraviesa toda su producción, concebida como resultado de una transmisión extrasensorial que guiaba su mano mientras dibujaba, escribía o bordaba.
La exposición permite adentrarse en este universo creativo, construido a través de dibujos, cuadernos, láminas de diferentes formatos, bordados y textos en los que palabra e imagen forman una misma respiración. Con bolígrafos, lápices y rotuladores, Tolrà despliega un lenguaje plástico de una extraordinaria riqueza formal, poblado de espirales, círculos, tramas minuciosas y signos que evocan tanto escenas bíblicas como episodios cotidianos, personajes históricos o figuras femeninas vinculadas al esoterismo.
Las composiciones están pobladas por rostros frontales con grandes ojos almendrados, rodeados de cabellos que se despliegan como vegetación infinita o por vestimentas que evocan jardines, tapices y arquitecturas imaginarias. La serenidad de estas figuras remite tanto a la quietud de los iconos bizantinos como a la intensidad expresiva de la pintura mural románica catalana, estableciendo un diálogo inesperado entre tradición, espiritualidad e imaginación.

En este cosmos simbólico ocupan un lugar central los llamados seres de luz: guías espirituales, protectores y transmisores de sabiduría que aparecen reiteradamente tanto en sus dibujos como en sus escritos. Lejos de ofrecer una evasión de la realidad, estas presencias amplían los límites de lo visible y proponen una manera diferente de entender el mundo, donde la memoria, la intuición y lo que Tolrà definía como la fuerza fluídica forman parte de una misma experiencia vital.
Esa mirada también se manifiesta en sus textos y poemas, inseparables de su producción visual. En la obra de Josefa Tolrà, escritura y dibujo comparten un mismo impulso creativo y revelan una forma de habitar el mundo basado en la escucha, la intuición y la preservación de formas de conocimiento a menudo excluidas de los discursos dominantes.
Su actividad trascendió el ámbito estrictamente artístico. Reconocida como médium por muchas personas que acudían a su casa en busca de consejo o alivio para diversas dolencias, Tolrà afirmaba ver el aura de quienes la visitaban y actuar como puente entre «los de arriba» y el mundo terrenal. Fiel a esta concepción espiritual, sus creaciones no eran objetos comercializables: consideraba que no podían venderse ni comprarse, sino solo entregarse a aquellas personas que, según sus criterios, estuvieran preparadas para recibirlas.