Lejos de plantear una revisión retrospectiva convencional, Horizontes, la exposición que el Museo Tamayo presenta hasta el 20 de septiembre, propone una lectura concentrada en la etapa de madurez de Rufino Tamayo, cuando el pintor alcanzó una de las síntesis más personales y refinadas de la pintura latinoamericana del siglo XX. Reuniendo obras que el propio artista destinó a la colección fundacional del museo junto con piezas procedentes de colecciones privadas, la muestra pone de relieve un momento creativo en el que la experimentación formal y la libertad cromática convivieron con una profunda reflexión sobre la condición humana y el paisaje cultural de México.
La exposición, comisariada por Juan Carlos Pereda, sitúa al visitante ante un Tamayo plenamente consciente de su lenguaje. En estas obras desaparece cualquier voluntad narrativa para dar paso a una pintura que encuentra en el color, la materia y la composición sus principales herramientas expresivas. Cada lienzo funciona como un territorio donde las formas se condensan hasta alcanzar una intensidad casi escultórica, mientras las superficies vibran gracias a una investigación cromática que convirtió al artista en uno de los grandes coloristas de la modernidad.

Aunque Tamayo cultivó algunos de los géneros clásicos de la historia del arte —el retrato, el paisaje, el desnudo o la naturaleza muerta—, nunca los entendió como categorías cerradas. En sus manos, estos modelos heredados se transforman en escenarios para una búsqueda plástica profundamente contemporánea. Sus paisajes no describen lugares concretos, sino estados de contemplación; los retratos trascienden la identidad del personaje para convertirse en presencias simbólicas; los desnudos dialogan con la escultura prehispánica a través de una depuración de las formas; y las naturalezas muertas abandonan la representación literal para convertirse en ejercicios de equilibrio entre volumen, textura y color.
Uno de los grandes aciertos de la muestra es evidenciar cómo Tamayo logró construir un imaginario profundamente mexicano sin recurrir al costumbrismo ni al discurso nacionalista que marcó buena parte del arte de su tiempo. Su vínculo con el arte prehispánico, la artesanía popular o elementos cotidianos como las frutas aparece siempre filtrado por una mirada universal, capaz de transformar referencias locales en signos de alcance internacional.
En este recorrido destacan obras emblemáticas como Sandías (1968), convertida ya en una de las imágenes icónicas de la pintura mexicana del siglo XX. Más que una representación de un fruto, la composición demuestra la capacidad del artista para fundir forma, materia y atmósfera cromática hasta construir una imagen de extraordinaria potencia sensorial. El color deja de ser un recurso descriptivo para convertirse en el auténtico protagonista de la obra.

La exposición también recupera el interés de Tamayo por la figura humana durante los años setenta, cuando incorporó personajes de apariencia mecánica que dialogaban con la fascinación de la época por la tecnología, la robótica y la exploración espacial. Obras como Hombre en rojo muestran cómo el artista supo absorber las inquietudes de la modernidad sin renunciar a su universo simbólico, creando figuras monumentales que oscilan entre la presencia humana, el mito y la máquina.
A lo largo del recorrido queda patente que Tamayo nunca dejó de reinventar su pintura. Incluso en los últimos años de su vida mantuvo intacta su capacidad para sorprender mediante nuevas relaciones entre color, espacio y materia. Esa permanente voluntad de experimentación explica que su obra continúe dialogando con la sensibilidad contemporánea y conserve una extraordinaria capacidad para interpelar al espectador.