La reapertura del Palacio de Velázquez, sede del Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía en el Parque de El Retiro, no podría haberse acompañado de una propuesta más pertinente para el momento actual. Tras las obras de rehabilitación y mejora financiadas por el Plan de Recuperación, el histórico edificio vuelve a abrir sus puertas con La Perla Peregrina, una amplia exposición dedicada a Fernando Sánchez Castillo (Madrid, 1970), uno de los artistas españoles que con mayor persistencia ha interrogado las relaciones entre historia, autoridad y representación durante las últimas dos décadas.
Lejos de plantearse como una retrospectiva convencional, la muestra, comisariada por Ferran Barenblit, —abierta del 24 de junio de 2026 al 8 de marzo de 2027— adopta la forma de una «retro-prospectiva», término empleado por su comisario para definir un proyecto que revisa el pasado sin renunciar al presente. La exposición reúne cerca de doscientas obras entre acuarelas, esculturas, instalaciones, vídeos, objetos, piezas resignificadas y trabajos en proceso. De hecho, el estudio del propio artista se traslada temporalmente al Palacio de Velázquez, permitiendo que los visitantes asistan al desarrollo de nuevas obras y conviertan la creación artística en parte esencial del recorrido.

Vista de sala de la exposición Fernando Sánchez Castillo. La Perla Peregrina, Palacio de Velázquez, Museo Reina Sofía. Emiliano Barral López. Busto de Pablo Iglesias. 1923-1936. Talla en granito. Préstamo del Partido Socialista Obrero Español. Fernando Sánchez Castillo. Narón. 2003-2007. Bronce. Colección MUSAC Fernando Sánchez Castillo. Sendero Luminoso. 2003. Bronce. Taller del artista Fernando Sánchez Castillo. Estudiante de Tlatelolco 1968. 2017. Talla en madera. Colección particular Fernando Sánchez Castillo. Tlatelolco, plan de acción. 2016. Alfombra tejida. Taller del artista Archivo fotográfico Museo Reina Sofía. Fotografía: Fátima Sanz.
El título de la exposición funciona como una poderosa metáfora conceptual. La perla, nacida de la agresión sufrida por un organismo que transforma una herida en materia preciosa, sirve a Sánchez Castillo para reflexionar sobre la capacidad del arte de convertir el trauma en memoria, lenguaje y forma estética. La belleza no aparece aquí como un ideal armónico, sino como el resultado de una fricción constante con la historia.
Desde hace años, el artista madrileño ha construido una obra dedicada a desmontar los mecanismos simbólicos del poder. Monumentos, ceremonias oficiales, gestos de autoridad y narrativas históricas son sometidos a una operación de análisis crítica que revela las tensiones ocultas tras los relatos institucionales. En La Perla Peregrina, esa investigación alcanza una dimensión especialmente ambiciosa al poner en diálogo los vestigios del franquismo con otras formas contemporáneas de legitimación política y social.
La exposición rechaza cualquier visión cerrada de la memoria histórica. En lugar de ofrecer un relato estable, propone un espacio de negociación permanente donde objetos, documentos, esculturas y acciones cotidianas cuestionan la manera en que las sociedades construyen sus recuerdos colectivos. La historia deja de ser una secuencia ordenada de acontecimientos para convertirse en un territorio conflictivo, moldeado por disputas sobre qué merece ser recordado y quién tiene la autoridad para hacerlo.
El recorrido expositivo se articula en torno al taller del artista, verdadero núcleo conceptual de la propuesta. Desde allí se despliega un itinerario donde la protesta, la resistencia ciudadana y los gestos de desobediencia dialogan con los símbolos tradicionales del poder. Más que conducir al visitante por una narrativa lineal, la exposición invita a establecer conexiones entre episodios históricos, imaginarios políticos y experiencias culturales diversas.

Josep Viladomat Massanass. Escultura de caballo, parte del conjunto “Al General Franco”. 1963. Vaciado en bronce. Museo de Historia de Barcelona. Archivo fotográfico Museo Reina Sofía. Fotografía: Fátima Sanz.
La elección del Palacio de Velázquez como escenario añade una capa adicional de significado. Construido para la Exposición Nacional de Minería de 1883, el edificio ha sido testigo de múltiples usos culturales, políticos y sociales a lo largo de su historia. Tras las recientes intervenciones destinadas a mejorar la conservación de sus cubiertas, modernizar la climatización, incorporar iluminación LED y desarrollar un gemelo digital para la gestión del inmueble, el palacio reaparece no solo como contenedor de arte, sino también como un objeto histórico susceptible de ser interrogado.
En este sentido, La Perla Peregrina no se limita a ocupar un espacio expositivo: dialoga con él. La muestra convierte el edificio en parte de su argumento crítico y evidencia cómo las instituciones culturales participan activamente en la construcción, preservación y transformación de los relatos históricos. Sánchez Castillo nos recuerda que toda memoria es una construcción y que, detrás de cada monumento o narración oficial, persiste una pregunta incómoda sobre el poder que los sostiene.