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Exposiciones

Baselitz: El mundo del derecho

La última inversión de Baselitz entre la memoria del cuerpo el regreso de la pintura y el intercambio final entre artista y obra.

Back Again installation view of Georg Baselitz: Back Again, at White Cube Bermondsey, London. Photograph: © Georg Baselitz. Photo © White Cube (Eva Herzog).
Baselitz: El mundo del derecho
Sarah Roig londres - 17/06/26

Lo primero que sucedió al entrar en Back Again, la última exposición de Georg Baselitz en White Cube tras su muerte en Abril, fue que un hombre me pidió que lo fotografiara haciendo el pino frente a Es War Hot (2025). Este era uno de los cuadros más grandes de la primera sala, que representaba una figura invertida que da nombre a la invención pictórica de Baselitz, capturada en pleno salto pero aún detenida dentro de los límites del marco. Era una imagen tan pacífica. O podría haberlo sido, si las piernas de este hombre no hubieran intentado alinearse con el centro de la figura pintada, de modo que las dos inversiones se encontraran para la fotografia. No estoy segura de por qué accedí a tomar esta foto y tal vez fue porque me quede aturdida. Aunque no estoy del todo segura de si lo que más me sorprendió fue la petición en sí, o que pareciera, de alguna manera, razonable. Parecía que uno de los efectos duraderos que la obra de Baselitz podía tener en cualquiera de nosotros era provocar una respuesta física, como si lo único que uno pudiera hacer ante un Baselitz ahora fuera simplemente invertirse a sí mismo frente a su obra.

Back Again parece estar impulsada por un instinto hacia la inversión pero ya no como un acto de provocación contra el realismo social de East Berlin. Sino de retrospección, mientras el artista da un vuelco a su mundo por última vez para reflexionar sobre él. En una entrevista grabada durante su exposición en la Fondazione Giorgio Cini de Venecia, Baselitz comentó: «Ahora que estoy más o menos al final de mi actividad pictórica, pensé que debería llegar a una conclusión». Sin embargo, las conclusiones son extrañas; suelen tener la inevitable costumbre de parecerse a los comienzos.

La exposición está inevitablemente marcada por la obra teatral en dos partes de Igor Stravinsky, L'Histoire du Soldat, cuyos personajes Baselitz reinterpretó para el Teatro de Marionetas de Salzburgo en julio de 2025. Esta fue la primera vez que el artista diseñó títeres, aunque sus pinturas a menudo se han descrito como marionetas que desafían la gravedad, extendidas sobre vastos lienzos sin más opción que permanecer flotando en un fondo que por mucho que intente tragarselas estas se sostienen . En el ensayo que acompaña a la exposición, Matthew Holman escribe que Baselitz se emocionó de lágrimas al ver la obra terminada. Un artista que llora ante sus propios títeres es también un artista que se observa a sí mismo desde fuera, lo cual constituye una inversión completamente distinta.

En el relato de Stravinsky, el soldado regresa de la guerra y descubre que aquello por lo que cambió su violín le ha costado el mismo suelo que pisaba, y ya no puede recordar quién era. En los dibujos de Baselitz, algo similar parece ocurrir a la inversa, pues todo alrededor de la figura comienza a disolverse, hasta que solo queda la acumulación de algo que asimila un rostro o simplemente el residuo de haber visto alguna vez. El cuerpo mismo desaparece, disolviéndose en trazos alienados que, como las gigantescas figuras invertidas de las pinturas, parecen dispersarse por el blanco de la página, como si la gravedad finalmente hubiera aflojado su agarre. Pero a diferencia de Holman, no creo que Baselitz sea el soldado de la fábula. La tragedia del soldado de Stravinsky reside en su incapacidad para reconstruir sus pasos y devolverse a si mismo. El acto final de Baselitz, en cambio, consiste precisamente en reconstruirlos, desde la dualidad del águila, Elke, los cuerpos invertidos, el paisaje que lleva en su nombre, el oro, y finalmente llamarlo conclusión. En todo caso, esta exposición es la prueba de que él pudo reconstruir los pasos hacia atrás, cuando la tragedia del soldado radica precisamente en que no pudo. Uno pasa toda una vida viajando de un lugar a otro solo para regresar a sus obsesiones.

No había visto antes los dibujos de Baselitz, pero me encontré contemplándolos con detenimiento, cautivado por el contorno de un rostro que se disolvía en mil líneas rojas y negras, extendidas hasta el borde del lienzo. Este fondo delineado marca el regreso a la conocida devoción de Baselitz por Munch, cuya fascinación por las líneas que se multiplicaban lo impulsó hacia algo más allá de la célebre obra de Munch, El Grito (1893).

A través de las paredes del White Cube, uno se enfrenta a treinta pinturas realizadas durante los últimos meses de Baselitz. Mientras una conciencia de nuestra propia decadencia nos acompaña, dejando una línea de cenizas sobre el blanco implacable de la galería. Cada cuadro conserva un rastro de envejecimiento que se filtra a través del oro, líneas negras crujientes que se asientan en los cuerpos de Baselitz y de su querida musa, Elke, lo que alguna vez fueron, ahora tendidos, pacientes, esperando un final que llega, como suelen llegar los finales, sin interrupciones. Aun así, Baselitz tuvo tiempo suficiente para reunir todas las imágenes que habían brotado de su mente y recopilarlo en el lienzo por última vez.

Quizás esta sea la última inversión que Baselitz aún tenía por realizar. Durante sesenta años, volteó cuerpos para que dejáramos de buscar un sujeto y nos desvaneciéramos dentro de la pintura. En Back Again, la inversión se vuelve contra él, el hombre que finalmente ha desaparecido; tal vez sea ahí donde más se asemeja al Soldado, y lo que permanece en posición vertical, de pie donde él ya no puede, es la obra misma. Al final, el artista intercambia su lugar con la obra, deliberadamente, no como una desaparición, sino como un simple intercambio, la última y más completa de todas sus obrras invertidas.

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