La nueva exposición individual de Antonio Ballester Moreno en la galería Pedro Cera, titulada CUTOUTS, profundiza en una investigación visual marcada por el color y la simplificación de las formas geométricas. En este proyecto, el artista da un paso más allá de la pintura para adentrarse en el territorio de la escultura, ampliando su lenguaje plástico mediante la escala y la ocupación del espacio. La forma deja de ser únicamente superficie para convertirse en presencia física, transformando la experiencia del espectador en relación directa con el entorno expositivo.
El punto de partida de esta evolución se encuentra en un gesto aparentemente simple: el recorte. En su práctica, Ballester Moreno trabaja primero sobre papel, a través del collage, donde el acto de cortar define tanto las formas como sus restos. Estos materiales iniciales, estrechamente vinculados a su pintura, constituyen el núcleo de su proceso creativo. En la exposición, tanto las siluetas recortadas como sus “restos” son reconfigurados en esculturas de aluminio a mayor escala, sin perder la huella física del gesto original de las tijeras.
A partir de esta operación, el artista confronta al visitante con una tensión fundamental entre forma positiva y negativo, entre presencia y ausencia. Sin embargo, lejos de establecer una oposición cerrada, ambas dimensiones se presentan en igualdad de condiciones, diluyendo los límites que tradicionalmente las separan. El acto de recortar no solo genera la obra, sino que también produce la separación que permite a las formas emanciparse de la relación clásica entre figura y fondo.
De este modo, el espacio expositivo deja de funcionar como un contenedor neutro para convertirse en un campo activo de relaciones. Las formas no se limitan a ocuparlo, sino que lo reconfiguran constantemente, dialogando entre sí y con la arquitectura a través del vacío y la materia. El resultado no es la representación de un paisaje, sino la construcción de una condición paisajística real dentro del propio espacio de la galería.
Al entrar en la exposición, el cuerpo del visitante queda inevitablemente implicado en esta configuración. La experiencia deja de ser contemplativa y fija para convertirse en un recorrido físico y móvil. El significado de la obra se construye a partir del desplazamiento, la proximidad y la distancia, así como del ritmo corporal de quien la atraviesa.
En este sentido, la dimensión performativa de la muestra emerge del encuentro entre los objetos escultóricos y los cuerpos en movimiento. La percepción ya no depende de un único punto de vista, sino de una multiplicidad de relaciones cambiantes. Esta activación del espacio recuerda a la práctica de Alexander Calder, quien liberó la escultura de su inmovilidad para integrarla en un diálogo dinámico con la arquitectura y el entorno.
A medida que el visitante recorre la exposición, su experiencia se aproxima a lo que Gilles Deleuze denominó “geopoética”: una forma de percepción del paisaje que surge de la acumulación de impresiones simultáneas, en constante transformación y sin un significado fijo. El paisaje, entendido históricamente no como naturaleza en sí, sino como imagen construida, aparece aquí desestabilizado.
Ballester Moreno invierte esa lógica representacional. En lugar de traducir el mundo en imagen, reintroduce las condiciones de la representación en el propio espacio físico. Así, el paisaje deja de ser algo que se observa para convertirse en algo que sucede. Una experiencia que no representa el entorno, sino que lo activa y lo hace perceptible en el momento mismo en que el espectador lo atraviesa.