Entre medio de la conmemoración de los noventa años del estallido de la Guerra Civil Española, el Museo Nacional de Arte de Cataluña propone una exposición de una contundencia excepcional: Sim, el dibujo y la guerra . Lejos de cualquier tentación nostálgica o monumental, la muestra recupera la voz gráfica de José Luis Rey Vila, conocido como Sim, un artista que convirtió el dibujo en una forma de resistencia documental frente a la barbarie.
La exposición reúne cuarenta y un dibujos —seleccionados de un conjunto de casi cien piezas adquiridas recientemente por el museo— que retratan a la Barcelona devastada por la guerra, sus víctimas anónimas y la tensión humana de las calles en conflicto. El resultado no es sólo una revisión histórica: es una experiencia visual de gran intensidad moral.
Sim, a menudo eclipsado por los grandes nombres de la vanguardia republicana, emerge aquí como uno de los más lúcidos cronistas visuales del conflicto. Su trazo nervioso, expresionista y urgente evita cualquier heroísmo. Sus personajes no son símbolos; son cuerpos cansados, rostros hambrientos, milicianos heridos y civiles atrapados dentro de una realidad que parece derrumbarse. Cada dibujo funciona como una escena capturada en caliente, con una inmediatez que todavía hoy incómoda.

La gran virtud de la muestra es precisamente ésta: entender el dibujo no como esbozo preparatorio, sino como lenguaje autónomo de denuncia. En una época saturada de imágenes digitales y memoria fragmentada, los papeles de Sim recuperan el valor físico del testigo. La línea temblorosa, las sombras secas y la abrupta composición transmiten una proximidad emocional que a menudo supera la fotografía.
El recorrido dialoga también con una pieza extraordinaria: El miliciano herido de Francisco Mateos, obra que formó parte del mítico Pabellón de la República en la Exposición Internacional de París de 1937, compartiendo espacio con el Guernica de Pablo Picasso y El segador de Joan Miró. La pintura llega al público en un estado casi ruinoso, y es precisamente esa fragilidad la que la convierte en una presencia espectral y profundamente impactante. El museo evita restaurar artificialmente su herida; la obra se muestra como una reliquia dañada por la historia misma.
Este gesto curatorial es inteligente y coherente: la degradación material no está ocultada, sino incorporada al relato. La guerra no aparece aquí como tema iconográfico, sino como destrucción tangible de las imágenes, cuerpos y memoria cultural.
La propuesta del MNAC destaca también por una dimensión menos visible pero fundamental: la reivindicación del trabajo interno de los museos en adquisición, conservación e investigación. La exhibición no sólo presenta obras; explica cómo estas obras sobreviven, reaparecen y entran a formar parte del patrimonio colectivo. En este sentido, la incorporación de los dibujos de Sim supone una reparación histórica hacia un artista hasta ahora ausente de las colecciones públicas catalanas.