En Tramuntana Gallery, la nueva exposición Natura arqueològica. Arquitecturas del corazón reúne las obras de Madola y Vallverdú en una propuesta que concibe la cerámica y la escultura no como objetos, sino como registros de memoria y tiempo. La cerámica no es un simple objeto; es un proceso, un registro de sucesos. Todo lo que sucede desde el primer contacto de la mano con el barro hasta el juicio final del fuego define las prendas y su fuerza expresiva. La pieza terminada, aparentemente inmóvil, conserva una memoria física: la del cuerpo que la moldeó y la de la tierra que aceptó —o resistió— esa voluntad.
Madola construye ruinas contemporáneas más que objetos convencionales. Desde su entrada en La Massana en 1960 y su primera exposición presentada por Salvador Espriu en 1966, su trayectoria ha sido una excavación constante hacia el interior de la materia. Sus piezas operan como umbrales que separan lo conocido de lo que se intuye. No hay cosmética ni artificio: existen óxidos, texturas y tiempo geológico. El horno se convierte en un acelerador de siglos que detiene la erosión justo a tiempo. Formada con Josep Llorens i Artigas y doctorada en Bellas Artes con una tesis sobre la herencia de Joan Miró en la cerámica contemporánea, Madola ha dejado su impronta en obra pública en cuatro continentes y forma parte de la Real Academia Internacional de Cerámica. Tras seis décadas de trayectoria y el Premio Nacional de Artesanía (2024), sus volúmenes siguen planteando preguntas abiertas, fiel a una forma de comprender el mundo a través del tacto.

Vallverdú ha recorrido un camino de reflexión académica abocada al taller. Cuarenta años dirigiendo escultura en la Universidad de Barcelona no fueron un paréntesis, sino una metodología: enseñar a mirar el material para poder entenderlo. Su obra es barro crudo, despojado de cualquier esmalte; planchas construidas y moldeadas simultáneamente, totalmente vacías por dentro, sin ningún alma interior. Si en sus inicios predominaban las formas cerradas y herméticas, el tiempo y su retiro en Concabella han ido abriéndolas. Hoy, sus arquitecturas se dejan atravesar por el aire y la luz, que penetra a través de ventanales y orificios. Son construcciones que han aprendido a respirar, arquitecturas imaginarias que beben de la historia, la leyenda y el mito. La mayoría son maquetas de espacios en los que se podría entrar, y la presencia de puertas y aberturas establece una relación directa con el cuerpo del espectador, convirtiendo la obra en homenaje a momentos y personas que han marcado su vida.
A pesar de sus diferencias de trayectoria y forma de trabajar, Madola y Vallverdú coinciden en una certeza fundamental: la tierra posee una naturaleza antigua que nos precede. Sus formas, ya sean refugios o fronteras, son arquitecturas de lo indecible. Es un arte que no necesita explicación, porque apela a algo que llevamos dentro y sólo el barro es capaz de materializar.