La artista plástica colombiana Beatriz González, una de las voces más decisivas del arte contemporáneo en América Latina, falleció este viernes 9 de enero a los 93 años. Su muerte marca el cierre de una trayectoria excepcional que, durante más de seis décadas, reinterpretó la historia política, social y visual de la región desde una perspectiva profundamente crítica y poética.
La noticia fue confirmada por el Museo de Arte Moderno de Medellín (MAMM), institución de la cual fue fundadora y protagonista fundamental en su consolidación. En un mensaje difundido a través de la red social X, el museo expresó: “Lamentamos profundamente el fallecimiento de la maestra Beatriz González (1932–2026), una de las fundadoras del MAMM y figura central en la construcción de la modernidad crítica en América Latina”.
González formó parte del grupo de intelectuales, artistas, gestores y empresarios que en 1978 impulsaron la creación del MAMM, convencidos de que Medellín necesitaba un espacio dedicado al pensamiento disruptivo y a las prácticas artísticas contemporáneas. Desde allí, su influencia trascendió lo institucional para convertirse en referente ético y estético de varias generaciones.

Su obra, caracterizada por la apropiación de imágenes provenientes de la prensa, la historia oficial y la cultura popular, fue concebida como un ejercicio de memoria y análisis político. Desde su reconocimiento temprano en el Salón Nacional de Artistas de 1965 con Los suicidas del Sisga, hasta la contundente intervención monumental Auras anónimas (2009), instalada en el Cementerio Central de Bogotá, González exploró el dolor colectivo, la violencia y la banalización de la tragedia en la historia colombiana.
Su primera exposición individual tuvo lugar en 1964 en el Museo de Arte Moderno de Bogotá, un debut que anunciaba ya una voz singular dentro del arte colombiano. A partir de entonces, Beatriz González amplió su campo de acción más allá de la práctica pictórica: fue historiadora del arte, investigadora rigurosa y maestra influyente, roles desde los cuales contribuyó decisivamente a la formación del pensamiento crítico en el país.
Su lugar en la historia del arte nacional fue reconocido por sus propios contemporáneos. El artista Luis Caballero afirmó con contundencia: “Beatriz es la única gran pintora colombiana. La única que ha sido capaz de pintar colombiano”, subrayando la capacidad de su obra para traducir una sensibilidad colectiva sin recurrir a imitaciones externas. En la misma línea, el pintor Juan Antonio Roda sostuvo: “Beatriz es la mejor pintora colombiana. La mejor de las mujeres y mejor que muchos hombres”, una declaración que, más allá de la polémica, evidenciaba el peso y la singularidad de su trabajo en un campo históricamente dominado por hombres.

El Museo del Banco de la República fue otro de los espacios fundamentales para la circulación de su obra. Allí presentó piezas como Fusilamientos del 3 de mayo y lo que ella misma denominó “nuestro Guernica”, trabajos con los que trasladó al contexto colombiano imágenes icónicas de la historia del arte para confrontar al espectador con relatos de masacres, violencia política y conflictos sociales, inscribiendo la memoria del país en un diálogo crítico con la tradición visual occidental.
El impacto de su trabajo alcanzó escenarios internacionales de primer orden. Sus obras fueron exhibidas en la Documenta de Kassel y en instituciones como el Museo de Arte Moderno de Nueva York (MoMA), el Museo Reina Sofía de Madrid, la Pinacoteca de São Paulo y el Museo Nacional Británico de Arte Moderno, consolidando su lugar como una figura clave del arte global desde el sur.
Con la muerte de Beatriz González desaparece una artista fundamental, pero permanece una obra lúcida e incómoda que seguirá interrogando el presente y recordándonos que el arte también es una forma de resistencia y memoria.