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Exposiciones

Habitar la escultura, resistir la intemperie con Ana Laura Aláez

El MUSAC reactiva Pabellón de escultura, una instalación donde refugio, arquitectura y memoria convierten el vacío en una experiencia física y crítica.

Habitar la escultura, resistir la intemperie con Ana Laura Aláez
bonart león - 02/07/26

Entre las piezas más ambiciosas de la Colección MUSAC, Pabellón de escultura de Ana Laura Aláez (Bilbao, 1964) reaparece este verano como una de esas obras capaces de alterar no solo el espacio que ocupan, sino también la manera en que el espectador lo atraviesa. Instalada en las salas 5 y 6 del museo hasta el 18 de octubre de 2026, esta estructura monumental —concebida originalmente para la exposición individual de la artista en 2008— vuelve a activar una de las líneas más fértiles del trabajo de Aláez: la tensión entre cobijo e intemperie, entre cuerpo y arquitectura, entre arte y sistema del arte.

Compuesta por treinta y dos planchas de aluminio ensambladas en una única unidad, la obra se sitúa en un territorio híbrido en el que escultura y arquitectura dejan de ser categorías estables para convertirse en experiencia. Más que un objeto, Pabellón de escultura funciona como una situación espacial: una construcción que no se impone por su masa, sino por su capacidad de hacer del vacío un material activo. Ese vacío —habitual en buena parte de la escultura contemporánea, pero pocas veces tan cargado de resonancia— no aparece aquí como ausencia, sino como un lugar de fricción, de tránsito y de memoria.

Aláez no plantea una escultura para ser contemplada desde fuera, sino un espacio que exige ser leído desde dentro, incluso cuando su interior se resiste a la idea de refugio tradicional. El pabellón promete protección y, sin embargo, la niega parcialmente; invita a entrar, pero también expone. En esa ambivalencia reside una de las claves de la obra. La artista parece preguntarse qué significa hoy construir un lugar para el arte y, al mismo tiempo, qué ocurre cuando ese lugar deja de ser seguro. La escultura se convierte así en un dispositivo crítico: un refugio precario, una arquitectura emocional, una estructura que protege solo para recordar que toda protección es inestable.

La pieza dialoga con una genealogía que remite a las vanguardias del siglo XX y a la expansión del campo escultórico más allá del pedestal y la forma cerrada. Sin embargo, Aláez no se limita a prolongar esa tradición; la desplaza hacia un terreno más íntimo y político. Pabellón de escultura puede leerse como una reflexión sobre los espacios de legitimación artística, pero también como una toma de posición frente a ellos. El gesto de levantar un pabellón dentro del museo —un museo dentro del museo, una arquitectura contenida en otra— introduce una operación de extrañamiento que cuestiona el propio dispositivo expositivo. No se trata únicamente de alojar una obra, sino de evidenciar las condiciones que hacen posible su visibilidad y, a la vez, sus mecanismos de exclusión.

En ese sentido, la instalación sugiere una crítica al espacio expositivo entendido como lugar neutral. Al contrario: aquí el museo aparece como una estructura atravesada por tensiones, capaz tanto de amparar como de expulsar. La obra no celebra el cubo blanco; lo interroga. Lo perfora simbólicamente al proponer un recinto que parece haber sido desplazado hacia el margen, como si la escultura encontrara su verdad precisamente allí donde el sistema del arte deja de ser confortable. Esa idea conecta con una convicción central en la trayectoria de Aláez: la diferencia entre “el mundo del arte” y el arte mismo. Frente a la institucionalización del gesto artístico, su obra reivindica la potencia de lo inesperado, de aquello que surge en los lugares menos previstos, en los pliegues de la experiencia, en las zonas de vulnerabilidad.

Hay, además, una dimensión biográfica y afectiva que atraviesa Pabellón de escultura sin caer nunca en la ilustración confesional. La artista ha señalado en distintas ocasiones su necesidad de encontrar en el arte una guarida, un espacio de resguardo desde el que afrontar la complejidad de la existencia. Esa intuición se traduce aquí en una materialidad quebrada, hecha de uniones, cortes y repliegues. El aluminio —frío, industrial, reflectante— conserva una dureza que impide cualquier lectura complaciente, pero al mismo tiempo devuelve una huella de lo vivido, como si la superficie metálica fuese capaz de retener ecos, tensiones y restos de una experiencia previa. El resultado es una obra que oscila entre lo racional y lo vulnerable, entre la estructura y la herida.

Vista hoy, casi dos décadas después de su concepción, Pabellón de escultura mantiene intacta su capacidad de interpelación. No solo por su escala o por la claridad de su planteamiento formal, sino porque sigue formulando preguntas urgentes: dónde puede resguardarse el sujeto contemporáneo, qué clase de espacios produce el arte y de qué modo una escultura puede convertirse en lugar de resistencia. En tiempos marcados por la fragilidad de los vínculos, por la exposición permanente y por la crisis de las certezas, la pieza de Ana Laura Aláez propone una imagen tan sobria como incisiva: la del refugio que no cancela la intemperie, sino que obliga a pensarla.

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