La muerte de Georg Baselitz marca el final de una de las trayectorias más incómodas, radicales y decisivas del arte europeo de posguerra. Tenía 88 años. Con él desaparece no solo un creador, sino una figura que convirtió la contradicción —entre talento y negación, entre historia y rebeldía— en el motor mismo de su obra.
Baselitz, nacido como Hans-Georg Kern en 1938 en la Alemania nazi y formado posteriormente en la República Democrática Alemana, hizo de su biografía una tensión permanente. Rechazado por la academia de Dresde y expulsado de la de Berlín Este por “inmadurez sociopolítica”, encontró en ese rechazo el germen de una actitud artística combativa. “No tengo talento”, repetía, a medio camino entre la provocación y la autodefensa. Sin embargo, esa supuesta carencia se transformó en una libertad feroz frente a las normas académicas.
A partir de los años sesenta, ya instalado en Berlín Oeste, comenzó a construir un lenguaje propio que incomodaba tanto por su crudeza formal como por sus implicaciones históricas. Sus primeras exposiciones fueron objeto de censura y escándalo: obras retiradas, acusaciones de obscenidad y procesos judiciales marcaron sus inicios. Pero ese conflicto con las instituciones no hizo sino consolidar su identidad como artista.

Su gran giro llegó en 1969, cuando decidió invertir sus motivos pictóricos. Figuras, paisajes y símbolos comenzaron a aparecer cabeza abajo, en una operación que desafiaba la lectura convencional de la imagen. Más que un gesto formal, era una estrategia para romper con la narrativa y obligar al espectador a enfrentarse a la pintura como objeto. En ese gesto encontró una vía intermedia entre la abstracción y la figuración, una tensión que definiría toda su producción.
Como sus contemporáneos Gerhard Richter y Anselm Kiefer, Baselitz trabajó bajo la sombra persistente de la historia alemana. La guerra, la culpa colectiva, la división del país y la memoria del nazismo atraviesan su obra. Sus águilas invertidas, por ejemplo, evocan tanto el símbolo imperial como su caída, suspendidas en un equilibrio inestable entre poder y fracaso.
Además de la pintura, desarrolló una intensa labor escultórica y gráfica. Sus esculturas en madera, talladas de forma violenta con herramientas como hachas o motosierras, trasladan al volumen la misma energía bruta de sus lienzos. Una de ellas, presentada en la Bienal de Venecia de 1980, generó controversia por su ambigüedad simbólica, en una constante que acompañó toda su carrera.
Baselitz nunca dejó de provocar, ni en su obra ni en sus declaraciones. Crítico con el mercado del arte y con la idea de genialidad técnica, defendía que la imperfección podía ser una forma de autenticidad. Sus opiniones sobre otros artistas —incluidas polémicas declaraciones sobre las mujeres en el arte— reforzaron su imagen de figura incómoda y sin concesiones.
A lo largo de más de seis décadas de trabajo, se convirtió en uno de los artistas alemanes más influyentes y cotizados, solo superado en el mercado por Richter. Pero más allá del valor económico, su legado reside en haber desestabilizado las certezas de la pintura contemporánea y en haber demostrado que el arte puede surgir precisamente de la negación de sus propias reglas.