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Opinión

En busca de la baraka

En busca de la baraka

Hace bastante tiempo que no siento esa sensación que cualquier persona que se haya interesado por el arte, sea como espectador o artista, habrá experimentado al contemplar o hacer una obra: me refiero al aura –no en un sentido completamente benjaminiano–, sino al conjunto de obra irrepetible y original que, además, consigue provocar una sensación inefable en lo más profundo de nuestro ser, un sentimiento a la par instintivo y espiritual.

Si me he dedicado al mundo del arte ha sido en parte por esta sensación; esta aura y magia que desprenden y albergan las obras me han dado la vida, literalmente. Ha habido obras que, de alguna forma, han llegado a tocar algo tan íntimo en mi ser como desconocido. Y de ahí nace mi intrínseca devoción por entender el arte más allá de lo meramente físico y visible, adentrándome en este terreno mágico y espiritual, así como en las múltiples formas y maneras de expresar aquello que no se puede ver ni tocar.

A medida que ha pasado el tiempo y he crecido, empecé a tener dificultades para percibir este hechizo que tanto he amado del arte, hasta el punto de no sentir nada. Empecé a pensar que quizás perdí la capacidad de ver o sentir aquella magia, pues, por muchas obras que viera y por muchas otras que crease, no fluía ese éter por mis manos y ojos. Y, como un exiliado del paraíso, vagué sin rumbo ni esperanza por este mundo buscando ese destello otra vez; a veces aparecía por unos segundos, pero se apagaba como la última llamarada de una vela en el novilunio.

La última vez que sentí esta sensación trascendental mediante el arte fue en la exposición “La máscara nunca miente” del CCCB, concretamente con los murales de “La máscara de Mary Wigman delante de su espejo” de Joaquín Santiago García y “La máscara de Emmy Hennings” de José Lázaro. Entre estos dos murales sentí cómo unas manos espectrales atravesaban mi cuerpo y acariciaban mi corazón y alma; sentí tantas emociones dentro de mí a la vez que me disolví entre estos dos mundos tan diferentes, pero a la vez tan iguales. No sabía cómo ni por qué, pero, como si fruto del destino o del azar fuera, tenía la corazonada de que estaba predestinado a verlos.

Gracias a esta exposición, a estos cuadros y a todas aquellas obras que he visto y he creado con mis propias manos desde entonces, algo dentro de mí cambió; volví a crear, volví a ver aquello invisible, volví a sentir y, sobre todo, volví a ser. A pesar de deambular por inercia, he vuelto a encontrar este embrujo tan arcano en el arte, y no únicamente en aquel arte expuesto en museos y galerías, sino en aquel que pasa desapercibido, hecho por devoción, amor, oficio o simplemente por hacer.

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