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Exposiciones

Tàpies, el maestro de la plenitud del vacío

De la materia a la memoria, de la huella al milagro del tacto, la obra de Antoni Tàpies en la Fundación Bancaja revela la textura como lenguaje que conecta historia, emoción y contemporaneidad.

Antoni Tàpies. a=a (2005). Colección, Fundación Bancaja.
Tàpies, el maestro de la plenitud del vacío

En uno de sus lúcidos textos, Antoni Tàpies cuenta que en una ocasión cogió un cuadro sin secar por los bordes y allí quedaron las huellas de su mano como el signo de un camino a seguir. El arte se convierte en una cuestión de tacto; la huella de la mano —escribió en El arte contra la estética— del artista es el “milagro del tacto que sensibiliza la materia” en un momento azaroso. El cuadro pasa a ser una especie de talismán que penetra en instantes emocionales; la alquimia de Rimbaud se resuelve en la textura que no representa nada aparte de ser cosa. La inspiración del cansancio dice menos lo que hay que hacer que lo que hay que dejar. Tàpies encontró el muro por sorpresa y casi sin proponérselo; comenzó a dar arañazos, a sostener una lucha material con el cuadro. Paradójicamente, de este combate surgía una obra que daba cierta impresión de serenidad. El mareo y el cansancio que provoca este arañarse en el muro nos hace porosos y nos entrega a la condición crepuscular de lo que se despide. Tàpies era, según supo apuntar José Miguel Ullán, un buscador incesante de lo inesperado; tenía la voluntad y la inocencia necesarias para disolver la corteza y coagular lo volátil. En sus obras está sedimentada tanta la violencia gestual y colérica como una suerte de ternura indescriptible; su imaginario unía lo espontáneo y el conocimiento. En cierto sentido, este artista sedimenta la filosofía del devenir heracliteano.

Tàpies sacó partido del surrealismo tardío para evolucionar hacia una abstracción matérica, convirtiéndose en el gran maestro del informalismo. Era un hombre aparentemente sereno, con una proximidad anímica inequívoca a la sabiduría oriental, pero al mismo tiempo estaba agitado por la experiencia teórica y práctica de la tardo-modernidad, alimentado desde la adolescencia por numerosas lecturas de novelas y también por pensadores como Schopenhauer o Nietzsche. En buena medida, su atmósfera creativa establecía conexiones con el “presente eterno” prehistórico, con el expresionismo abstracto norteamericano, con los desastres y pesadillas de Goya o con la fantasía aérea de Paul Klee, con el golpe de dados mallarmeano o con los diagramas místicos de Jacob Böhme, con los dibujos mezcalinianos de Michaux o con las máscaras africanas.

El arte, según Tàpies, para que tenga valor, tiene que estar engranado en la vida contemporánea. No se trata de menospreciar las creaciones del pasado, sino de procurar asimilarlas a nuestra propia conciencia. Este maestro indiscutible aprendió tanto de la historia de la pintura como de los arquetipos jungianos, del Apocalipsis dureriano o de la estética del collage. Sus muros eran el límite funerario de un tiempo nihilista; allí había rastros de dolor e incluso de rabia, cruces o rastros escatológicos, pero también miel: catástrofe y esperanza. Valente dialogó poéticamente con Tàpies y supo ver que su obra era, literalmente, “material memoria”. Nunca dejó de revelar una energía incontenible, alejándose de toda banalidad, mostrando la profundidad de la piel. Era, sin ninguna exageración, un maestro de la pintura que acotó un territorio de fecundidad prodigiosa, ofreciéndonos obras de arte afortunadamente misteriosas que celebran “el milagro de lo existente”.

Sin duda hay un impulso “surrealizante” y mironiano en la pasión por las texturas de este artista catalán que, como indicó Juan Eduardo Cirlot, fue dentro de la tendencia informalista “uno de los artistas más puros, eficaces e intensos”. No le interesa meramente la mancha o lo amorfo, sino que concedía la máxima relevancia a la textura, buscando “dar la sensación —como indica en su crucial libro Memoria personal— de vejez con sólo superficies con el aspecto de piel arrugada; o la de derrumbamiento con los desconchados y los descascarillados del material”. Si bien, en ocasiones, se puede producir una pareidolia de la textura, no es imprescindible esa “figuratividad” imaginaria, teniendo más importancia la “conciliación de las tensiones” en esas superficies tan complejas.

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