Después de años de itinerancia y de trabajar en espacios provisionales, el Museu Morera de Lleida abrió una nueva etapa con la inauguración de su nueva sede, un edificio pensado para responder a los retos de los museos contemporáneos. El nuevo equipamiento ha supuesto mucho más que un cambio de ubicación: ha permitido dotar a la institución de una infraestructura adecuada para ampliar su actividad, reforzar su visibilidad y consolidar su papel dentro del sistema cultural catalán.
En esta entrevista con bonarto, Jesús Navarro, director del Museo Morera, repasa el proceso de transformación de la institución, el valor del nuevo edificio, el ecosistema artístico de Lleida y los principales retos a los que se enfrentan los museos del siglo XXI: desde los nuevos modelos de gestión y participación hasta la necesidad de actualizar las políticas culturales, las reservas patrimoniales o el papel del mecenazgo.
Un nuevo edificio para un museo del siglo XXI
Ricard Planas: Hace muchos años que el Museu Morera ha trabajado sin un edificio propio, manteniendo una actividad muy eficiente, pero a menudo sin la visibilidad que le correspondía. ¿Qué ha supuesto la inauguración del nuevo edificio y esa nueva dinámica para el museo?
Jesús Navarro: Disponer de una sede definitiva, adaptada a los nuevos condicionantes de lo que debe ser un museo del siglo XXI, nos ofrece unos puntos de anclaje fundamentales para poder desplegar todas las potencialidades de un museo de primer orden.
Cierto que el Morera ha sido, a lo largo de su historia, un museo caracterizado por la itinerancia y por haber ocupado diferentes edificios de la ciudad, siempre con un carácter provisional. Esta situación ha generado cierta precariedad en diversos ámbitos, especialmente en lo que se refiere a los recursos económicos y humanos, pero también ha provocado una cierta falta de visibilización del trabajo que se ha ido haciendo durante todos estos años.
Y sin embargo, el trabajo ha sido constante.
Sí, nosotros hemos trabajado de forma continuada durante mucho tiempo, con una línea de trabajo estable, aunque evidentemente hemos ido cambiando de escala. Somos prácticamente el propio equipo y hemos mantenido una actividad constante, aunque ahora iniciamos una nueva etapa con unas posibilidades muy distintas.
Disponer de un nuevo edificio, con toda la simbología que tiene la arquitectura contemporánea aplicada a los museos, da una nueva dimensión al Morera dentro del contexto de la ciudad. La ubicación en el centro histórico hace mucho más visible la existencia del museo y permite un despliegue de actividades que antes era difícil de imaginar.
El primer año alcanzó cerca de 40.000 visitantes. ¿Este impacto se ha mantenido una vez superado el efecto novedad?
El primer año es evidente que hubo también un efecto de descubrimiento del edificio. Sin realizar una programación especialmente extraordinaria, generamos alrededor de 40.000 visitantes.
Lo importante es que este segundo año, cuando el efecto novedad ya se ha ido reduciendo, hemos mantenido unos índices de visitantes y usuarios similares gracias fundamentalmente a la actividad generada por el museo.
Esto ha sido posible sobre todo a través del programa de exposiciones temporales, pero también de otras propuestas vinculadas al museo, como la programación del Pati, con la instalación de piezas singulares de la colección, o el Arte Digital, con proyecciones e iniciativas relacionadas con artistas del museo.
Además, hemos reforzado los servicios educativos, los programas de mediación y las actividades participativas, y también hemos acogido propuestas de otras entidades y asociaciones que han visto al Morera como un equipamiento cultural de referencia.
Hoy podemos hablar de un museo donde ocurren cosas cada día. Un espacio que acoge a un público fiel, pero que también está consiguiendo llegar a personas que hasta ahora no habían tenido contacto con un museo y que, a través de esta diversidad de actividades, descubren el mundo del arte y la cultura.

Lleida, un ecosistema artístico con identidad propia
El Morera forma parte de un ecosistema cultural en el que también encontramos instituciones como la Fundación Sorigué o el Centro de Arte La Panera. ¿Lleida ha conseguido posicionarse dentro del mapa artístico catalán y español?
Creo que Morera viene a completar la cuadratura del círculo. Lleida dispone de un potente sistema artístico y museístico, con instituciones culturales vinculadas al arte que conforman una red difícil de encontrar en otras ciudades del Estado español.
Hablamos del Museo de Lleida, que conserva y difunde unas colecciones que abarcan desde la antigüedad hasta prácticamente el siglo XIX; del Centro de Arte Contemporáneo La Panera, que trabaja el arte contemporáneo desde una mirada transversal; de la Fundación Sorigué, con una proyección nacional e internacional gracias a sus colecciones y espacios expositivos; y también de CaixaForum y de las salas de exposiciones de la Diputación vinculadas al arte contemporáneo.
En este panorama, el Morera aporta su especificidad como museo de arte moderno y contemporáneo. Creo que es el equipamiento que une estos dos extremos, desde sus primeras vanguardias hasta los lenguajes contemporáneos, y que da a Lleida una personalidad propia dentro del mapa museístico catalán.
La ciudad debe ser consciente de su potencial en este ámbito. Creo que en los próximos años esta red de instituciones puede convertirse en una de las grandes singularidades culturales del país.
Los nuevos modelos de museo y los debates de la contemporaneidad
En los últimos años ha habido un intenso debate sobre la nueva museología, especialmente a raíz de los informes y jornadas impulsadas en el marco del debate encabezado por Manuel Borja-Villel. ¿Cómo viviste ese proceso y qué queda hoy?
Creo que hubo algunos problemas de metodología en la forma en que se planteó la contratación de una asesoría de estas características, y seguramente también en la manera de encarar el proceso. Luego hubo la necesidad de imponer un determinado relato que, en algunos momentos, parecía descontextualizado. Quizás el problema no era tanto la teoría de Borja-Villel sobre lo que él mismo definía como “mal situado”, sino que el encargo no estaba bien situado.
Nosotros, inicialmente, pensábamos que este proceso nos ayudaría a replantear el modelo de museo del siglo XXI, pero en algunos momentos parecía que más que venir a ayudarnos, éramos nosotros quienes debíamos aportar experiencia y conocimiento al debate.
Dicho esto, creo que muchos de los planteamientos que aparecieron en ese contexto son debates que los museos de nuestro país ya habían ido incorporando desde hace muchos años.
Hablamos de las lecturas con perspectiva de género, de los modelos inclusivos, de la atención a la diversidad social y cultural, de la necesidad de entender el museo como una institución que va más allá de ser un simple contenedor de obras de arte, o de la incorporación de miradas descolonial en la interpretación de las colecciones.
Éstas son sensibilidades que los museos deben ir incorporando. La dificultad es hacerlo de una forma equilibrada, sin que una única mirada acabe imponiéndose sobre todas las demás. Un museo debe ser capaz de integrar distintas perspectivas y generar un relato complejo.
Esto es precisamente lo que permite que los museos evolucionen. Deben ser instituciones porosas, capaces de adaptarse a los cambios sociales y culturales, pero también deben hacerlo con tiempo, criterio y equilibrio.
En definitiva, el museo no sólo propone discursos, sino que también recoge las transformaciones de la sociedad. No sé exactamente qué va a quedar de esos debates, pero el hecho mismo de haberlos planteado ya es importante. También nos ha servido para confirmar que muchas de las prácticas que algunos museos ya estábamos desarrollando iban en la dirección adecuada y que es necesario consolidarlas, a la vez que seguimos atentos a las nuevas sensibilidades que aparecerán en el futuro.
El Plan de Museos y la necesidad de una nueva ley
El Plan de Museos de Cataluña es una hoja de ruta fruto de un gran consenso, pero no dispone de una ley que le dé bastante política. ¿Es una limitación?
Creo que el Plan de Museos define muy bien el marco estratégico de los museos hasta 2030. Es un documento de consenso elaborado por el mismo sector y sigue plenamente vigente porque está planteado de forma suficientemente abierta y sólida.
Ahora bien, la Ley de Museos, que se aprobó en 1993, necesita una actualización para adaptarse a los condicionantes actuales. Es necesario incorporar una visión más activa del patrimonio, especialmente del patrimonio inmueble vinculado a los museos, pero también es necesario ser mucho más exigentes con los recursos necesarios para que un museo pueda desarrollar correctamente su función.
No podemos seguir abriendo museos infradotados y manteniendo equipamientos en situación de agonía permanente. En muchos países europeos esto ya está superado: no se abre un museo si no dispone de mínimos recursos humanos y materiales.
Actualmente, los mínimos que establece la normativa en relación al personal son insuficientes para un museo que quiera asumir esta misión contemporánea: ser un espacio social, vinculado a las comunidades, con capacidad de generar conocimiento y tener un papel cultural relevante.
Por tanto, necesitamos una reforma de la Ley de Museos que permita adaptarla a las necesidades actuales y continuar desarrollando el Plan de Museos. Un plan que probablemente también deberá ser revisado y evaluado en los próximos años.
Además, estamos ante un momento de transformación importante. El caso del Morera no fue simplemente un traslado, sino la creación de un museo con una nueva concepción. Y tenemos por delante otros procesos como la transformación del Museo Nacional de Arte de Catalunya o las ampliaciones del MACBA.
En un período de entre cinco y diez años, el panorama museístico catalán cambiará de forma significativa. Debemos estar preparados para afrontar esta transformación con un mapa bien estructurado, unas relaciones institucionales bien definidas y los recursos necesarios para sostener este nuevo despliegue.
MNAC, MACBA y la articulación del sistema museístico catalán
¿Qué papel deberían jugar el Museo Nacional de Arte de Cataluña (MNAC) y el MACBA dentro de este ecosistema cultural?
La relación entre el MNAC y el MACBA es compleja. El Museo Nacional de Arte de Cataluña es el museo cabecera de la red de museos del país y, por estatutos, tiene encomendada la misión de generar el canon del arte catalán.
Ahora bien, es difícil construir este canon si se limita a una determinada cronología, especialmente cuando esta frontera temporal se va desplazando constantemente. Yo diría que el MNAC debería tener la libertad de construir una visión global del arte catalán, sin limitaciones cronológicas estrictas.
A partir de ahí, el MACBA debería redefinir con claridad cuál es su misión. ¿Qué quiere ser exactamente? ¿Qué colección debe construir? ¿Qué relación debe mantener con una fundación privada? ¿Qué papel debe tener respecto a Barcelona y, al mismo tiempo, respecto al conjunto del país?
Actualmente, el MACBA tiene una situación singular: es el principal museo de arte contemporáneo de Cataluña, pero, a su vez, también articula la red de centros de arte contemporáneo del territorio. Esta doble función genera cierta complejidad.
Creo que sería necesaria una reflexión pausada y un plan director que defina los marcos de actuación de cada una de estas instituciones y que permita consolidar el modelo museístico catalán.
Durante la etapa de Ferran Mascarell en el Departamento de Cultura ya se intentó definir este mapa institucional, pero parece que siguen existiendo tensiones. ¿Cómo debería abordarse esta cuestión?
Creo que debe ser una reflexión colectiva. Si dejamos que el MACBA sea lo que cada director quiere que sea en cada momento, tendremos un problema, porque las direcciones tienen una duración limitada, habitualmente de cuatro años, u ocho como máximo.
Esto puede generar cambios muy profundos en la forma de entender y gobernar una institución. Evidentemente, cada dirección debe aportar una mirada propia y una capacidad de renovación, pero siempre dentro de una misión y plan estratégico claramente definidos.
El MACBA debería tener muy claro qué es y qué función debe desarrollar dentro del sistema cultural del país.
La misión del Morera: colección, conocimiento y transformación social
Y en este contexto, ¿cuál es la misión específica del Museu Morera?
Nuestra misión es desarrollar las funciones tradicionales de un museo: conservar y construir un fondo representativo de las principales tendencias del arte moderno y contemporáneo de las tierras de Lleida pero siempre conectándolo con el resto de elementos que configuran el patrimonio artístico del país.
Al mismo tiempo, queremos dar voz a otras formas de entender el arte, especialmente desde una mirada territorial, y generar conocimiento en torno al arte contemporáneo.
Pero el museo actual no puede limitarse a conservar y exponer colecciones. Debe mantener una estrecha relación con los públicos, trabajar desde la participación, la cocreación y la mediación, y entenderse como un elemento de transformación cultural y social.
Nosotros hemos dado un salto hacia la contemporaneidad. Sigamos siendo un museo de arte moderno, pero hemos incorporado a nuestro relato muchas de las problemáticas y debates de la sociedad actual.
Esto lo hacemos respetando también el papel de otras instituciones, especialmente La Panera, que trabaja con artistas emergentes y de media trayectoria. La relación entre nosotros es de complementariedad y retroalimentación constante.
Con esta nueva centralidad del Morera, podría parecer que La Panera queda en un segundo plano dentro del ecosistema leridano.
No lo veo así. La Panera tiene una personalidad propia muy consolidada a lo largo de los años. Nuestro papel como museo de arte moderno y contemporáneo es trabajar conjuntamente con ella para que el ámbito de intervención pública vinculado al arte contemporáneo se despliegue de forma armónica y cubra todos los espacios necesarios.
Alguna vez he dicho que La Panera es como nuestro departamento de I+D en arte contemporáneo. Es un espacio que experimenta, que explora nuevos lenguajes y que nos ayuda a entender hacia dónde evolucionan las prácticas artísticas.
En un momento como el actual, con un vacío en la dirección de La Panera, esta función aún cobra mayor importancia.
Las direcciones artísticas y el gobierno de las instituciones culturales
Precisamente, el debate sobre las direcciones artísticas es uno de los grandes temas del actual sistema cultural. ¿Qué modelo deberían seguir los museos?
Creo que éste es un debate fundamental: qué direcciones artísticas queremos, cómo se convocan y qué papel deben tener las administraciones en relación con estos proyectos.
Existen manuales de buenas prácticas que no siempre se cumplen, lo que genera un debate complejo porque todos los modelos tienen ventajas e inconvenientes.
Los cambios de dirección cada cuatro años pueden dificultar la consolidación de los proyectos y provocar transformaciones demasiado rápidas en instituciones que necesitan tiempo para desarrollarse. Pero, al mismo tiempo, las direcciones muy largas también pueden generar un cierto envaramiento si la institución queda excesivamente vinculada a una única persona.
Y eso lo dice alguien que lleva más de treinta años dirigiendo el museo.
Nosotros hemos intentado evitar ese riesgo. Personalmente, creo que lo hemos conseguido porque hemos sido capaces de encarar una profunda renovación del museo en todos los ámbitos: no sólo en la infraestructura, sino también en el programa y en la forma de entender la institución.
Hemos sabido adaptarnos a los nuevos tiempos e iniciar una nueva etapa manteniendo la esencia del proyecto, pero incorporando nuevas miradas.
Reservas patrimoniales, recursos y el futuro de la financiación cultural
Por último, hay dos debates recurrentes en el mundo de los museos: el de las reservas patrimoniales y el de los recursos económicos. En primer lugar, ¿qué papel deberían tener las reservas nacionales o centralizadas?
El debate sobre las reservas patrimoniales lleva tiempo sobre la mesa. Nosotros siempre hemos defendido la necesidad de disponer de reservas centralizadas porque es evidente que los museos, a medida que sus colecciones crecen, acaban colapsando desde el punto de vista del espacio y del almacenamiento.
Esta problemática no puede resolverse individualmente por parte de cada museo, porque los recursos son limitados y porque las reservas centralizadas ofrecen importantes ventajas tanto en términos de economía de medios como de condiciones de conservación.
Inicialmente, se hablaba de reservas centralizadas por demarcaciones territoriales, pero en la actualidad ya se está planteando la posibilidad de una única reserva para el conjunto del país.
La Generalitat lleva años estudiando las necesidades en este ámbito, pero creo que la situación empieza a ser urgente porque muchos museos están llegando al límite de su capacidad. Es especialmente evidente en el caso de la arqueología, que ocupa una parte muy importante de los espacios de los museos territoriales.
Una reserva centralizada bien gestionada podría dar respuesta a muchos de estos problemas. Ahora bien, en el ámbito artístico y en cuanto a otros tipos de objetos, habrá que estudiar si un único modelo es el más adecuado o si será necesario mantener determinados niveles de descentralización.
En cualquier caso, es un tema que necesita una respuesta relativamente inmediata. En los últimos años se han analizado diferentes modelos europeos que funcionan muy bien y ahora hay que ver cómo desplegar una solución adaptada a la realidad de nuestro país.
El mecenazgo como complemento, no como sustitución de la financiación pública
El otro gran debate es el de la ley de mecenazgo y la incorporación del ámbito privado a la financiación de la cultura. ¿Puede ser una herramienta realmente transformadora para los museos?
El mecenazgo debería ser una herramienta complementaria necesaria ante la carencia de recursos económicos y humanos que tienen muchos museos.
Gran parte de los museos del país dependen de la administración pública y parten de unos estándares de recursos muy bajos. En nuestro caso, por ejemplo, somos una plantilla de seis técnicos desde hace años y, a pesar de haber dado el salto a un nuevo museo con muchas más posibilidades, seguimos siendo las mismas seis personas.
Esto limita mucho nuestra capacidad de trabajo si no es asumiendo una carga de dedicación muy elevada. Es un problema endémico del sector: la pasión y el compromiso de los profesionales con su trabajo hacen que a menudo acabemos asumiendo más responsabilidades de las que serían sostenibles.
En su momento, la Generalitat elaboró un programa para calcular qué fuerza de trabajo necesitaban los museos en función de su actividad, y prácticamente ningún equipamiento del país cumplía estos estándares, especialmente los museos dependientes de las administraciones locales.
En este sentido, una ley de mecenazgo bien planteada podría aportar ingresos complementarios que ayudaran a reforzar a los equipos y desarrollar mejor los proyectos culturales.
Ahora bien, no soy de quienes piensan que una ley de mecenazgo pueda resolver por sí sola los grandes problemas del sector. Todo depende de cómo se articule y de qué uso se haga. Puede aportar importantes beneficios, pero también puede acabar teniendo un impacto limitado si no se vincula a una estrategia cultural clara.
Si sirve para mejorar la financiación de los museos y reforzar los equipos humanos necesarios para desarrollar sus funciones, será una herramienta muy positiva. Pero no podemos olvidar que el sustento de la cultura depende sobre todo de las políticas públicas.
Si existe una apuesta clara por la cultura y el patrimonio, el mecenazgo puede sumar, complementar y ayudar a construir un sistema cultural más fuerte. Pero no puede sustituir a la responsabilidad de las administraciones en la protección y el desarrollo del sector.
"El futuro de los museos pasa por instituciones abiertas, con recursos y conectadas con la sociedad"
Después de más de treinta años al frente del Museu Morera, ¿esta nueva etapa representa también una nueva manera de entender la institución?
Sí, por supuesto. El nuevo edificio ha sido una oportunidad para repensar al museo en todos sus ámbitos. No se trata sólo de una nueva infraestructura, sino de un cambio de concepción.
Un museo contemporáneo debe ser capaz de conservar, investigar y difundir sus colecciones, pero también debe relacionarse con los ciudadanos, generar debate y participar activamente en la construcción cultural de su entorno.
El Morera sigue teniendo una misión vinculada al patrimonio y al arte moderno y contemporáneo, pero esta misión hoy implica también escuchar, dialogar y trabajar con las comunidades.
El reto es conseguir que los museos sean instituciones abiertas, capaces de adaptarse a los cambios sociales y culturales, pero manteniendo el rigor y responsabilidad que les corresponde.
La nueva sede nos da las herramientas para afrontar ese futuro. Ahora tenemos la oportunidad de consolidar un proyecto que ya existía, pero con unas condiciones que permiten desplegarlo plenamente.