Del 12 de junio al 17 de agosto, el MALBA de Buenos Aires dedica una gran exposición a Dan Flavin (Nueva York, 1933–1996), figura esencial del arte de la segunda mitad del siglo XX y uno de los nombres decisivos en la reformulación de la escultura contemporánea. Conocido por sus instalaciones realizadas con tubos fluorescentes industriales de colores y formas estandarizadas, Flavin transformó un material cotidiano en una herramienta capaz de alterar la percepción del espacio, activar la arquitectura y convertir la luz en materia artística.
Organizada por la Dia Art Foundation y comisariada por Jessica Morgan y Min Sun Jeon, la muestra reúne varios de los cuerpos de trabajo fundamentales desarrollados por el artista entre las décadas de 1960 y 1970, ofreciendo una panorámica sólida de su evolución y de su impacto en la historia del minimalismo. Más que una simple antología, la exposición se presenta como una inmersión en un lenguaje que desplazó la escultura del objeto al ambiente, y que hizo del color, la irradiación lumínica y la relación con el espectador sus principales herramientas expresivas.
Aunque su nombre suele vincularse de forma inmediata al arte minimalista, junto a creadores como Sol LeWitt, Donald Judd o Carl Andre, la obra de Flavin desborda cualquier clasificación cerrada. Su producción comparte con el minimalismo el uso de materiales industriales, la reducción formal y el rechazo del gesto expresionista, pero incorpora también una dimensión poética y perceptiva singular. En sus piezas, la luz no solo ocupa el espacio: lo modifica, lo desmaterializa y lo vuelve inestable. El muro, la esquina, el pasillo o el vacío dejan de ser simples soportes para convertirse en parte activa de la obra.

Imagen: Dan Flavin, Untitled (to Thordis and Heiner), 1966–71. ©️ Stephen Flavin/Artists Rights Society (ARS), New York. Photo: Billy Jim, New York.
Flavin comenzó a trabajar con luz a principios de los años sesenta, tras una etapa inicial marcada por dibujos, ensamblajes y las llamadas icons, piezas que combinaban pintura, estructuras y bombillas. El punto de inflexión llegó en 1963, cuando realizó the diagonal of May 25, 1963 (to Constantin Brancusi), considerada su primera obra compuesta exclusivamente por un fluorescente. A partir de ese momento, el artista decidió trabajar casi de forma exclusiva con lámparas comerciales, disponibles en distintos colores, longitudes y disposiciones, explorando con una coherencia radical todas las posibilidades espaciales, cromáticas y conceptuales de ese vocabulario mínimo.
La exposición que se puede ver hasta el 17 de agosto en MALBA, subraya esa trayectoria a través de algunas de sus series y proyectos más emblemáticos. Entre ellos figuran los trabajos dedicados al constructivista ruso Vladimir Tatlin, una de las genealogías más importantes dentro de la obra de Flavin. En estos “monumentos”, el artista replanteó la idea de monumentalidad desde la austeridad, sustituyendo la masa y el volumen tradicionales por una presencia hecha de luz, estructura y resonancia histórica. También se incluye una pieza dedicada a la muerte de las víctimas de guerra, presentada originalmente en la histórica exposición Primary Structures del Jewish Museum de Nueva York, una muestra decisiva para la consolidación del minimalismo en Estados Unidos. En ambos casos, Flavin tensiona la aparente neutralidad de sus materiales para abrir una reflexión sobre la memoria, el homenaje y la carga simbólica de la forma.
Otro de los núcleos destacados de la muestra es la instalación Untitled (to you, Heiner, with admiration and affection)(1973), dedicada a Heiner Friedrich, uno de los fundadores de Dia. La obra no solo remite a la práctica habitual de Flavin de dedicar sus piezas a artistas, amigos, pensadores o figuras cercanas, sino que también pone de relieve la estrecha relación entre el artista y la institución. Esa red de dedicatorias —a veces íntimas, a veces intelectuales, a veces casi elegíacas— constituye uno de los rasgos más singulares de su producción: frente a la supuesta frialdad del minimalismo, Flavin introdujo un sistema de referencias personales que dota a sus obras de una inesperada carga afectiva.
La historia de Dan Flavin está, de hecho, profundamente entrelazada con la de la Dia Art Foundation, que conserva la colección más importante de su trabajo y le dedica un espacio permanente en Bridgehampton, Nueva York. Fundada en 1974 por Philippa de Menil, Heiner Friedrich y Helen Winkler, Dia nació con la voluntad de apoyar proyectos artísticos de gran escala y ambición conceptual que difícilmente habrían podido realizarse dentro de los circuitos institucionales convencionales. El propio nombre de la fundación, tomado del griego y traducible como “a través de”, alude a esa idea de atravesar límites y hacer posible lo que parecía inviable. Hoy, Dia cuenta con varios espacios permanentes y temporales en Estados Unidos y Alemania, y ha desempeñado un papel decisivo en la conservación, estudio y difusión de artistas fundamentales del minimalismo, el land art y el arte conceptual.
En el caso de Flavin, esa relación institucional resulta especialmente significativa porque su obra depende de un delicado equilibrio entre idea, montaje, tecnología y espacio arquitectónico. Sus instalaciones no se agotan en la presencia física del tubo fluorescente: lo esencial sucede en la expansión de la luz sobre las superficies, en la vibración del color sobre los muros y en la alteración de la percepción corporal del visitante. El espectador no contempla la obra desde fuera, sino que la atraviesa, la habita y queda envuelto por ella. En ese sentido, Flavin abrió un camino decisivo para muchas prácticas posteriores de instalación y arte inmersivo, al desplazar la atención del objeto a la experiencia.
La exposición permite volver sobre esa dimensión con especial claridad. Reunir obras históricas de los años sesenta y setenta no solo significa revisar los momentos fundacionales de una carrera excepcional, sino también reconsiderar la vigencia de una investigación artística que sigue dialogando con el presente. En un tiempo saturado de imágenes y pantallas, la obra de Flavin conserva intacta su capacidad para producir extrañamiento con medios mínimos: una luz industrial, una esquina, una línea de color. Basta eso para transformar por completo un lugar.
Más de medio siglo después de sus primeras piezas con fluorescentes, Dan Flavin continúa siendo un artista de referencia no solo por haber expandido los límites de la escultura, sino por haber demostrado que la luz —ese elemento inmaterial, cotidiano y aparentemente funcional— podía convertirse en una forma de pensamiento. En Dia Beacon, esa intuición vuelve a desplegarse con toda su potencia: como color, como arquitectura, como presencia y como experiencia.