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Exposiciones

Viaje a Las Vegas con el desierto intervenido por el Land Art de Ugo Rondinone

Seven Magic Mountains y la construcción de un paisaje entre lo natural y lo artificial.

Viaje a Las Vegas con el desierto intervenido por el Land Art de Ugo Rondinone

En mitad del árido paisaje del sur de Las Vegas, donde el horizonte parece estar dominado únicamente por la inmensidad del desierto y las montañas lejanas, emerge una presencia imposible. Siete enormes columnas de piedra de colores fluorescentes desafían la lógica del entorno y capturan la mirada del viajero. Seven Magic Mountains, del artista suizo Ugo Rondinone, no es solo una intervención artística de gran escala: es una reflexión sobre la relación contemporánea entre el ser humano, la naturaleza y la necesidad de dejar una huella en el paisaje.

La primera impresión ante estas gigantescas estructuras es de extrañeza. Sus piedras apiladas recuerdan a los antiguos mojones construidos por viajeros o a las formaciones geológicas naturales conocidas como hoodoos, pero sus colores artificiales rompen cualquier ilusión de pertenecer al mundo mineral. Ese contraste es precisamente el núcleo de la obra: lo natural y lo creado por el hombre no se enfrentan, sino que establecen una conversación silenciosa.

El Land Art, corriente artística que encontró en los paisajes abiertos de Estados Unidos un lienzo de dimensiones casi infinitas, buscaba transformar nuestra manera de mirar el territorio. En este sentido, Rondinone recoge el legado de artistas que utilizaron la tierra, la roca y el espacio como materiales de creación, pero introduce una sensibilidad propia de nuestro tiempo. Sus montañas mágicas no intentan camuflarse en el desierto; al contrario, reivindican su condición de objeto artificial con la intensidad casi irreal de sus colores.

Quizás ahí reside una de las mayores virtudes de la obra: cuestiona la idea romántica de una naturaleza pura e intocable. En una época marcada por la intervención humana en todos los ecosistemas del planeta, las piedras fluorescentes de Rondinone funcionan como un símbolo de nuestro tiempo. Son bellas, llamativas y fotogénicas, pero también nos obligan a preguntarnos hasta qué punto la frontera entre paisaje natural y paisaje construido ha desaparecido.

Resulta especialmente significativo que esta instalación se encuentre a pocos kilómetros de Las Vegas, ciudad que representa como pocas el exceso, la ilusión y la construcción de realidades alternativas. Frente a los neones de sus hoteles y casinos, Seven Magic Mountains parece ser una extensión del mismo lenguaje visual trasladado al silencio del desierto. Es una crítica, pero también un homenaje a esa capacidad humana de inventar mundos.

Más allá de su espectacularidad y de su éxito como destino turístico y fenómeno de las redes sociales, la obra de Rondinone conserva una dimensión contemplativa. Sus enormes piedras apiladas transmiten una extraña sensación de equilibrio y fragilidad, como si pudieran derrumbarse en cualquier momento y, al mismo tiempo, llevaran siglos habitando aquel lugar. En esa contradicción entre permanencia y transitoriedad aparece su verdadera fuerza poética.

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