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Exposiciones

La memoria silenciosa de la piedra

Fernando Allen convierte el arte rupestre paraguayo en un viaje visual y poético en la nueva exposición del Museo de Altamira.

La memoria silenciosa de la piedra

"Las piedras guardan secretos que el tiempo ha protegido durante milenios. Permanecen en silencio, ajenas a nuestra necesidad de comprenderlas. Podemos observar sus marcas, estudiar sus formas y tratar de descifrar los signos grabados en su superficie, pero sus autores ya no están para explicarnos su significado. Es la humanidad actual la que intenta leer este antiguo lenguaje, un códice del que únicamente se conservan las imágenes mientras las palabras se han perdido para siempre".

A partir de esta reflexión nace La piedra y la luz, la nueva exposición temporal del fotógrafo paraguayo Fernando Allen, inaugurada en el Museo Nacional y Centro de Investigación de Altamira. La muestra, que podrá visitarse del 19 de junio al 18 de octubre en el Espacio 1973, propone una aproximación sensible y poética al arte rupestre de Paraguay, situándose en la frontera entre la documentación científica y la interpretación artística.

El recorrido reúne imágenes de algunos de los refugios con arte rupestre más relevantes de la región oriental del departamento de Amambay, un territorio que conserva la huella de antiguos pueblos que habitaron bosques hoy transformados por el paso del tiempo. A través de incisiones, golpes y marcas realizadas sobre la roca a lo largo de siglos, estos grupos humanos dejaron un testimonio que sigue planteando preguntas esenciales sobre sus creencias, su relación con la naturaleza y su manera de comprender el mundo.

El trabajo fotográfico de Allen surge de su participación, entre 2011 y 2012, en uno de los proyectos internacionales de investigación impulsados por el Museo de Altamira para realizar el inventario del arte rupestre paraguayo. Durante aquellos años, el fotógrafo acompañó al equipo dirigido por los investigadores José Antonio Lasheras y Pilar Fatás en una investigación que permitió incorporar trece nuevos yacimientos desconocidos hasta entonces al mapa mundial del arte rupestre.

Más allá de su valor científico, este descubrimiento supuso también un reconocimiento al patrimonio cultural de Paraguay y a la memoria de las comunidades indígenas que continúan habitando los territorios de Amambay. Para Allen, este proyecto está profundamente ligado a la labor de los investigadores que hicieron posible aquella exploración. “Nada de esto hubiera sido posible sin José Antonio y Pilar”, recuerda el fotógrafo, evocando especialmente la visión de Lasheras, quien defendía que el singular arte rupestre de las “pisadas” podría haber tenido su origen precisamente en estas tierras, mucho antes de que Paraguay existiera como una realidad histórica y política.

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