Con motivo del centenario del nacimiento del artista Concha Ibáñez (Canet de Mar, 1926-Barcelona, 2022) el Museo de Arte de Girona ha organizado una exposición a modo de homenaje de una autora excepcional, pero que no ha tenido el reconocimiento institucional que se merecía. De hecho, hace muchos años que he reivindicado que se le debía hacer una retrospectiva, pero hasta el momento esto no ha sucedido, al menos en Barcelona. Por eso es de agradecer la voluntad e interés de la historiadora y crítica de arte Elina Norandi, así como de la sobrina del artista, la también pintora Cristina Fonollosa, que hayan hecho posible que pueda contemplarse su trabajo en Girona. De hecho, la actual directora del museo Carme Clusellas, hace tiempo que apuesta por reivindicar a las mujeres artistas, a menudo olvidadas, a pesar de sus cualidades creativas.
La comisaría de la exposición es la propia Elina Norandi, que hace dos años también comisarió a otra del artista del Maresme en la Fundación Cristino de Vera-Espacio Cultural Cajacanarias de San Cristóbal de Laguna, Tenerife que, de hecho, fue la primera muestra individual después de su muerte. Según Norandi no se trata de una antológica, pero es mayor que la anterior, tanto por el número de piezas como por el hecho de que sigue la mayor parte de su trayectoria, es idónea para que el público que la visite se dé cuenta de su valía y singularidad.
El título La evocación del paisaje, expresa perfectamente el talante del artista, como siempre se ha movido en torno al paisaje. Un paisaje que sólo se encuentra en su imaginario, creando un estilo propio que le ha servido para crear una obra que se vislumbra a primera vista y que, además, es muy diferente a cualquier tendencia del momento. La figura humana no aparece en estos paisajes, aunque está presente de algún modo, ya que alguien cultiva los campos o bien ha construido un molino o una casa. El proceso de trabajo es muy sencillo, ya que a partir de dibujar o hacer esbozos de lo que ven sus ojos debido a los viajes que ha hecho por diferentes continentes, cuando llega al taller lo traslada a las telas y papeles. Tanto se vierte con la pintura al óleo y la acuarela, como el dibujo y el grabado. En todas estas disciplinas siempre se ha sentido muy libre, dándole a cada una de ellas la misma importancia. Los paisajes abarcan un espacio geográfico muy diverso.

Concha Ibáñez, Garraf, 2002.
Encontramos los campos de trigo de Castilla, los olivares de Jaén, las costas de Menorca, Costa Brava, el Garraf, el Maresme, los parajes ariscos y abruptos de los Monegros, las plantaciones de Lanzarote, pero también lugares de Marruecos, Cuba, Venecia y Nueva York. En todos ellos no se percibe ningún tipo de movimiento, pero, en cambio, notamos la existencia de vida, color y luz, provocando al espectador la sensación de calma, placidez y sosiego.
Ha sido una de las pocas mujeres artistas que desde sus inicios ha podido dedicarse plenamente a lo que más le ha gustado cómo es el mundo del arte, circunstancia ésta que no es demasiado habitual, y más siendo mujer. Estudió en la Escuela de Bellas Artes Sant Jordi y en la Escuela Llotja. Tuvo varios profesores de reconocido prestigio, caso de Francisco Labarta, así como Josep Oriol Baqué. Ha simultaneado la práctica artista con la docencia, dando clases de pintura y dibujo en su propio taller, pero también lo ha hecho fuera de él, como por ejemplo, en Hospitalet, el FAD (Fomento de Artes Decorativas) y en la ciudad cubana de Holguín. Su primera exposición individual tuvo lugar en la Sala Jaimes de Barcelona, en 1960. Su trabajo se ha mostrado en muchos países europeos, así como en Estados Unidos, Cuba y Tailandia, además de un gran número de ciudades catalanas y españolas.

Concha Ibáñez, Lanzarote, 1992.