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Opinión

Después del silbato, queda el arte

Cada Copa del Mundo deja imágenes imborrables en la memoria colectiva. Algunos artistas han llevado esos instantes al lienzo y al papel para contar la otra historia del fútbol: la que habla de emociones, personas y recuerdos.

Obra de Gordopelota.
Después del silbato, queda el arte

El Mundial de 2026 ya ha comenzado a escribir sus primeras páginas en los estadios de México, Canadá y Estados Unidos. Durante más de un mes, 104 partidos convertirán a Norteamérica en el gran escenario del fútbol mundial, un territorio donde se entrelazarán la pasión deportiva, las emociones colectivas y esos instantes inesperados que terminan formando parte de la memoria compartida de varias generaciones. Sin embargo, más allá del césped y de la competición, la gran cita futbolística también ha encontrado eco en el universo de la cultura.

Conscientes de que un acontecimiento de esta magnitud trasciende lo meramente deportivo, numerosos museos de los tres países anfitriones han diseñado exposiciones y recorridos temporales que exploran la relación entre el fútbol, la sociedad y la creación artística. Desde la fotografía y el diseño hasta la pintura o las instalaciones contemporáneas, estas propuestas buscan capturar aquello que los noventa minutos de un partido no siempre alcanzan a explicar: la identidad de los pueblos, los rituales de la afición, la celebración, la derrota y la dimensión simbólica de un deporte capaz de detener el mundo.

Paralelamente, artistas de diferentes disciplinas han aprovechado la llegada del Mundial como una fuente de inspiración, dando lugar a obras que dialogan con la estética del balón, la arquitectura de los estadios, la energía de las gradas y las historias humanas que nacen alrededor del torneo. Porque, en definitiva, cada Mundial no solo deja goles y campeones: también deja imágenes, relatos y creaciones que perduran cuando el último silbato ya ha sonado.

El primer viaje artístico nos conduce hasta la obra de Martín Kazanietz, un creador que se aleja del fútbol espectacular de los grandes estadios, de la épica del gol imposible o de la celebración multitudinaria, para detenerse en su dimensión más humana y cotidiana. Ese es el fútbol real: el de la amistad, el del tercer tiempo, el de la conversación pausada después del partido y el de los cuerpos que aún conservan el cansancio y la alegría de lo vivido sobre el césped.

En sus pinturas aparecen figuras redondeadas, casi como si fueran una prolongación de la propia pelota, envueltas en camisetas deportivas y situadas en esos instantes de pausa que forman parte del ritual futbolístico. No son los momentos de máxima tensión competitiva, sino esa dulce resaca emocional que llega tras la euforia del juego, cuando la victoria o la derrota dejan paso al encuentro, la charla y la compañía.

El imaginario de Kazanietz retrata, en definitiva, la esencia social del fútbol: un lenguaje compartido que trasciende el marcador y los resultados. Sus personajes, serenos y cercanos, nos recuerdan que este deporte no solo se juega en el campo, sino también en las gradas, en las calles y en esos pequeños momentos de convivencia que convierten al fútbol en un fenómeno cultural universal.

Si la obra de Martín Kazanietz nos sitúa en el fútbol de la pausa y la camaradería, el universo visual de Simon Prades nos devuelve a la intensidad del relato diario que acompaña a un Mundial. Con motivo de Brasil 2014, el artista e ilustrador emprendió un ejercicio casi periodístico: crear una imagen cada día capaz de condensar la emoción, la tensión y los acontecimientos más significativos de cada jornada del torneo.

Sus ilustraciones no se limitaron al resultado deportivo. Prades entendió el Mundial como un gran escenario de historias humanas y sociales, donde la alegría del gol convivía con la controversia y la realidad que rodeaba al evento. Así, sus obras pasaron de contraponer el brillo de la ceremonia inaugural con las protestas que recorrían las calles brasileñas, a inmortalizar los instantes de gloria de figuras como Messi o Cristiano Ronaldo en sus agónicos goles en el tiempo añadido.

Con una estética que combina la precisión del dibujo editorial con un marcado carácter narrativo, Simon Prades construye escenas de gran fuerza simbólica. Sus composiciones, de líneas limpias y una cuidada paleta de colores, transforman acontecimientos efímeros en imágenes capaces de perdurar más allá de la actualidad inmediata. En sus manos, el fútbol se convierte en una crónica visual: un espacio donde el deporte, la política, la emoción colectiva y los gestos individuales quedan reunidos en un único instante congelado sobre el papel.

El recorrido continúa con Adrian Mangel, un artista que se aproxima al fútbol desde la mitología de sus grandes protagonistas. Formado en ilustración en Parsons School of Design y con una trayectoria que abarca desde la prensa hasta el diseño de moda y el universo del deporte, Mangel utiliza el retrato como una herramienta para explorar la identidad y la dimensión casi legendaria de los futbolistas.

Sus obras se alejan del realismo fotográfico y construyen figuras cargadas de personalidad mediante trazos expresivos, colores planos y una estética que bebe tanto de la ilustración editorial como del arte popular. En sus retratos, jugadores históricos se transforman en iconos contemporáneos: rostros reconocibles que, más allá de la fama, hablan de una época, de una forma de entender el juego y del vínculo emocional que millones de aficionados mantienen con ellos. Su serie dedicada a algunas de las grandes estrellas del fútbol mundial fue reconocida por su particular manera de reinterpretar a estos personajes desde una mirada gráfica y personal.

Un ejemplo de esta visión es Fenómeno, su representación del brasileño Ronaldo durante su etapa en el PSV Eindhoven. Realizada en acuarela, gouache y marcador sobre papel, la pieza no busca reproducir una fotografía del delantero, sino capturar la energía y el aura de un futbolista que marcó una generación. En la obra de Mangel, el fútbol aparece como un territorio de héroes modernos donde la memoria colectiva y la expresión artística se encuentran.

La memoria del fútbol también se construye a partir de instantes concretos. Un disparo, un gesto técnico o un segundo de inspiración pueden quedar grabados para siempre en la historia colectiva de millones de aficionados. Sobre esa idea trabaja el ilustrador italiano Emiliano Bonazzi en su serie Twenty Images to Illustrate All the Editions of the World Cup (1930-2014), un proyecto que condensa más de ocho décadas de historia mundialista en veinte imágenes esenciales.

Cada ilustración representa un gol decisivo en las finales de los Mundiales, desde los primeros torneos celebrados en la década de 1930 hasta la edición de Brasil 2014. Bonazzi no pretende reconstruir la jugada con exactitud fotográfica, sino reinterpretar esos momentos desde un lenguaje visual propio, donde la síntesis gráfica, las formas geométricas y una cuidada composición transforman acciones fugaces en imágenes casi atemporales.

Su trabajo convierte el recuerdo deportivo en una pieza de arte y diseño. El gol deja de ser únicamente un acontecimiento estadístico para transformarse en un símbolo capaz de representar una época, un país o una generación de aficionados. En sus ilustraciones conviven la nostalgia, la épica y la belleza de esos segundos en los que un Mundial cambió para siempre de dueño.

La serie de Bonazzi demuestra que la historia del fútbol puede contarse de muchas maneras: a través de crónicas, fotografías o archivos audiovisuales, pero también mediante imágenes capaces de destilar la esencia de los grandes momentos que han dado forma a la leyenda del torneo.

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