La semana inaugural de la 61ª Bienal de Venecia ha terminado y los profesionales del sector que acudieron en masa a la denominada “vernice” se han marchado ya a otros eventos. Ahora le toca al público expresar su opinión y por primera vez en la historia de la manifestación nacida en 1895, también otorgar los Leones, los prestigiosos premios que se otorgan desde el 1949, cuando lo ganó entre otros Henri Matisse. Huérfanos de jurado, ya que sus integrantes dimitieron en bloque debido a la presencia de Israel y Rusia (y Estados Unidos, añadiría yo), países que pisotean el derecho internacional, la responsabilidad de otorgar estos (hasta ahora) tan prestigiosos reconocimientos recae en los visitantes: del juicio crítico reflexionado y motivado, se pasa a la encuesta de corte populista. La decisión en este sentido de Pietrangelo Buttafuoco, presidente de la Bienal, ha levantado todo tipo de polémicas, lanzando los premios en una situación de instabilidad sin precedentes. Ya más de 50 de los participantes en la exposición internacional In minor keys, alrededor del 50% y con pinta de aumentar, se han retirado de la competición, juntos a los protagonistas de 16 pabellones nacionales. Es evidente que la sustitución del jurado profesional por una votación popular, modifica la propia naturaleza del galardón y los artistas lógicamente no reconocen su legitimidad.

Foto: @arte.edad.silicio.
De todos modos quien querrá expresar su voto para los dos premios que quedan: Mejor Artista de la muestra internacional comisariada por Koyo Kouoh y Mejor Pabellón Nacional, podrá hacerlo online de forma completamente anónima. Tras acceder a las dos sedes principales de la exposición, los Giardini y el Arsenale, en las 24 horas posteriores a las visitas, todos los visitantes recibirán un correo electrónico con un enlace personal para emitir su voto. La duda es legitima: ¿el juicio popular representa una democratización del proceso o tan solo una suspensión (esperemos que no se trate de eliminación) del juicio crítico profesional? Sea como sea lo cierto es que tras haber discutido durante años sobre el agotamiento del modelo de la bienal basado en las participaciones nacionales y la lógica diplomática, ahora han entrado en crisis también los premios, otro de los elementos fundacionales de la manifestación.
Pese a todo no creo que finalmente el problema mayor sea el modelo de la bienal que aunque formulado en el siglo XIX en el XXI sigue siendo (tristemente o no) un reflejo de la realidad. Lo que obliga a pensar es la avanzada de las instituciones privadas, cuya excelente salud es evidente. El francés François Pinault, propietario de marcas de lujo como Gucci, Saint Laurent y Balenciaga, tiene dos sedes permanentes en la laguna desde hace dos décadas. En 2019 TBA21 de Francesca Thyssen inauguró su Ocean Space en la iglesia de San Lorenzo y este año Bulgari se ha convertido en socio exclusivo de la Bienal hasta 2030. Con una vuelta de tuerca más la coleccionista de Turín Patrizia Sandretto ha comprado la isla de San Giacomo y con una restructuración espectacular la ha convertido en su tercera sede expositiva en Italia (a las que se suma la sede nómada de Madrid) y en un paraíso para el arte y los artistas que accederán a sus residencias. Mientras la Bienal cancela los eventos festivos y capea como puede la huelga sin precedentes del 8 de mayo, las fundaciones privadas organizan fiestas y cócteles, fuertes de sus presupuestos asombrosos y sus programaciones cosmopolitas, ética y políticamente correctas.

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Por lo que se refiere a la exposición central comisariada por Koyo Kouoh (Camerún, 1967–Suiza, 2025), que fue nombrada en octubre y falleció prematuramente en mayo, me inclino a pensar que el resultado de su curaduría no fue el que ella hubiera deseado de haber podido completarla. Su equipo, que continuó el trabajo, optó por no añadir ni eliminar artistas ni obras de la selección inicial que ella había elaborado. El resultado es una exposición sobrecargada, en la que las obras no tienen espacio para respirar, sino que se acumulan en grandes y llamativas explosiones de color, que al principio fascinan, pero que pronto cansan. Muchos artistas están presentes tanto en el Arsenale como en el Pabellón Central de los Giardini, lo que genera repeticiones innecesarias. El enfoque de la exposición centrado en las similitudes en lugar de los contrastes la convierte en una experiencia libre de tensión, aunque ciertamente presenta artistas interesantes como Guadalupe Maravilla, Alfredo Jaar, Kader Attia, Laurie Anderson, Walid Raad e incluso algunas sorpresas, que, después de todo, es lo que nos esperamos de la Bienal de Venecia. Entre ellos se encuentran la artista keniana Wangechi Mutu, una representante del feminismo africano que se inspira en sus orígenes ancestrales para crear ecologías híbridas utilizando bronce, ramas de árboles, cabello humano, tierra keniana, cuernos de vaca, papel de libros y cristales de cuarzo y la artista japonesa Bubu de la Madeleine, miembro del grupo Dumb Type, conocido por su representación del mundo a través de la tecnología y actualmente comprometido con el activismo queer y el apoyo a las personas con SIDA. Imponen atención la obra de Bernie Searle, que transforma si misma en una abstracción y la instalación de Theo Esthetu, que coloca un olivo milenario sobre un escenario giratorio y lo desmaterializa con una proyección de vídeo. En el espacio del arte, aun cuando anhela el sustento de la tierra y la luz, el árbol pierde sus hojas, pero se resiste y se aferra a la vida, librando una batalla perdida, como tantas personas en el mundo.

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Y si tal y como señala el artista Daniel G. Andújar en su web “La exposición de la Bienal pide silencio cuando todo alrededor grita. Propone tonalidades menores en un momento de ruido histórico ensordecedor”, los pabellones libres del yugo de una temática impuesta, no se presentan como un conjunto más o menos unitario, sino que deparan sorpresas de todo tipo y en esta bizarra coyuntura también lo escatológico tiene su porqué. Con el lema “I live in your piss”, el Pabellón de Austria invita el publico a participar con sus deposiciones, a través de unos servicios móviles, en un parque de atracciones fuera de control. En cambio en el Pabellón de Luxemburgo, Aline Bouvy propone directamente un himno a la mierda: desde el titulo La Merde, pasando por una escultura de ET tamaño natural hecha de excrementos, un alter ego escultórico que fusiona el cuerpo de la artista con la figura del extraterrestre de Spielberg, hasta la película-ensayo-manifiesto que aborda la vergüenza como mecanismo social, examinando cómo los cuerpos son clasificados, tolerados, disciplinados o relegados a la sombra. Ambos pabellones se plantean como experiencias inmersivas que invitan a la reflexión sobre la pureza, el género y las normas sociales. De los excrementos al chocolate, el Pabellón de Malta (que en marzo inauguró su propia bienal con el comisariado de Rosa Martínez) presenta una propuesta que interroga la verdad y acoge la incertidumbre. Es el caso del artista Charlie Cauchi que investiga la transformación del mármol y el bronce, materiales típicos de la estatuaria clásica, en elementos comestibles. Su Gladiator, que representa Russell Crowe con 150 kg. de chocolate, convierte el héroe, símbolo de fuerza y resistencia, en un espejo de la fragilidad y precariedad humana. A propósito de los pabellones y de la imposibilidad, según el presidente de la Bienal de impedir la presencia de los países que violan el derecho internacional y las normas de convivencia democrática, conviene recordar lo que pasó hace justo 50 años con el Pabellón de España. Entonces la institución veneciana reaccionó a las últimas ejecuciones franquistas prohibiendo la presencia de España, de modo que el Pabellón permaneció cerrado. En cambio en los Giardini se acogió una exposición alternativa, que contó con artistas como Antoni Tàpies o el Equipo Crónica.