Las grandes ciudades se definen también por sus museos. No sólo como contenedores de obras de arte, sino como espacios que explican una identidad colectiva y proyectan una visión de futuro. En este sentido, la ampliación del Museo Nacional de Arte de Cataluña (MNAC) es mucho más que una obra arquitectónica: es una oportunidad para repensar el papel de la cultura en la Barcelona del siglo XXI.
Durante años, el debate sobre el futuro del museo ha quedado atascado entre proyectos, informes y expectativas. Ahora, finalmente, el proyecto toma forma con un calendario claro -la inauguración prevista para 2029- y con un presupuesto superior a los 112 millones de euros aportados por varias administraciones. La coincidencia con el centenario del museo no es menor: simboliza el paso de una institución nacida en el contexto de la Exposición Internacional de 1929 hacia una nueva etapa marcada por la contemporaneidad.

El proyecto arquitectónico ganador, ideado por los estudios HArquitectos y Christ & Gantenbein, propone una idea tan simple como poderosa: convertir el Palacio Nacional y el Palacio Victoria Eugenia en un único museo conectado. El pasaje cubierto que unirá a ambos edificios no es sólo una solución funcional; es también una metáfora de una institución que quiere coser el pasado y el presente del arte catalán en un mismo relato.
Este planteamiento responde a una clara ambición museográfica. Tal y como ha defendido el director del museo, Pepe Serra, el reto es mostrar la creación artística producida en Cataluña a lo largo de toda su historia hasta la actualidad. No sólo se trata de exhibir patrimonio, sino de construir un relato continuo que conecte el románico —uno de los grandes tesoros del museo— con las prácticas artísticas contemporáneas.
La ampliación también responde a una evidente necesidad de espacio. Con la incorporación del Pabellón Victoria Eugenia, el museo casi duplicará su superficie útil y superará los 70.000 metros cuadrados. Esta expansión permitirá desarrollar nuevas salas de exposiciones temporales, una biblioteca con más de 150.000 volúmenes, un centro de estudios y nuevos espacios para actividades culturales y participativas. En otras palabras, el MNAC dejará de ser sólo un museo para convertirse en verdadera infraestructura cultural.

Pero el proyecto va más allá de los muros del museo. La intervención forma parte de una visión más amplia de transformación de Montjuïc y su entorno. La nueva entrada situada en la Plaza de Carles Buïgas y la conexión directa con el metro transformarán radicalmente la forma de llegar al museo. El visitante ya no tendrá que afrontar su larga ascensión hasta el palacio: el acceso se integrará en el flujo urbano que atraviesa la Plaza de España y las Columnas de Puig y Cadafalch.

Este cambio no es menor. Durante décadas, el MNAC ha vivido en cierta paradoja: es una de las instituciones artísticas más importantes del país, pero al mismo tiempo está situado en un punto geográfico que a menudo le mantiene alejado de la vida cotidiana de la ciudad. "Bajar el museo hacia Barcelona", como sugiere el proyecto, puede ser clave para convertirlo en un espacio más abierto y accesible.
En el fondo, el debate sobre el nuevo MNAC es también un debate sobre qué modelo cultural quiere Barcelona. Las grandes capitales europeas han apostado en los últimos años por museos capaces de convertirse en ágoras contemporáneas: lugares de encuentro, de investigación y de debate público. Si el proyecto se desarrolla con ambición y coherencia, el MNAC puede aspirar a desempeñar ese papel.
