El Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía dedica una ambiciosa revisión a la obra de Alberto Greco, figura decisiva en el tránsito del arte moderno al contemporáneo y autor fundamental para comprender las derivas conceptuales de la segunda mitad del siglo XX. El museo conserva un conjunto significativo de piezas del artista argentino, cuya relevancia ya había sido subrayada en la exposición Heterotopía. Medio siglo sin-lugar: 1918-1968 (2000), dentro del ciclo Versiones del Sur, donde su trabajo dialogaba con la llamada “Constelación conceptual”.
La retrospectiva Alberto Greco. Viva el arte vivo, comisariada por Fernando Davis y abierta del 11 de febrero al 8 de junio de 2026 en la Planta 0 del Edificio Sabatini, propone un recorrido amplio por su producción artística y literaria. Manuel Segade ha señalado que Greco, además de ser una figura clave en el cambio de paradigma artístico del siglo XX, dejó una huella profunda en la generación española posterior al informalismo durante su estancia en el país.

Artista radical y siempre al margen de los circuitos oficiales, Greco proclamó en 1962 la fundación del arte vivo, una declaración de principios según la cual el creador no debía limitarse a mostrar un cuadro, sino “enseñar a ver con el dedo” lo que sucede en la vida cotidiana. Ese gesto quedó formulado en el Manifesto Dito dell’Arte Vivo, publicado en Génova ese mismo año, donde defendía que el arte no debía trasladarse a la galería, sino ser reconocido en su acontecer diario: en los movimientos, las conversaciones, los olores y las situaciones de la calle.
La exposición traza su trayectoria desde los primeros años literarios, a finales de los cuarenta —con poemas y relatos como Criatura humana, Fiesta o Ni tonto ni holgazán, marcados por una sensibilidad hacia lo marginal y lo fantástico— hasta su consolidación como figura de vanguardia. Tras un primer viaje a París (1954-1956), regresa a Buenos Aires y adopta un informalismo intenso y matérico, entendiendo el cuadro como un organismo vivo.

El punto de inflexión llega entre 1961 y 1963. Empapela Buenos Aires con carteles autorreferenciales que anticipan estrategias del pop y del arte de masas, realiza sus primeras acciones callejeras en París y redacta su manifiesto en Italia. En 1963, tras la representación de su pieza experimental Cristo 63, se ve obligado a abandonar el país.
Su etapa española resulta especialmente fértil. Instalado entre Madrid y la localidad abulense de Piedralaves —rebautizada por él como “Grequissimo Piedralaves”— convierte espacios y personas en obras de arte vivo. Despliega el Gran manifiesto-rollo arte vivo-dito, presenta sus objets vivants en la Galería Juana Mordó, funda su propia Galería Privada como espacio híbrido de creación y encuentro, y colabora con artistas como Manolo Millares y Antonio Saura.

Alberto Greco, Y...d'aujourd'hui, 1964.
En los dos últimos años de su vida, marcados por continuos desplazamientos entre Buenos Aires, Nueva York, Madrid, Ibiza y Barcelona, desarrolla collages de “autopropaganda” y comienza en Ibiza la novela experimental Besos brujos, concebida como una pieza de arte vivo en sí misma. Su trayectoria culmina con Todo de todo, un collage autorreferencial que reivindica el arte “para todo el mundo”.
La muestra del Reina Sofía no solo recupera la intensidad de una obra breve pero decisiva, sino que restituye la figura de Greco como un artista que entendió, antes que muchos, que el arte no estaba en el objeto sino en la mirada y en el gesto que lo señala.