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Exposiciones

La Cuadra, donde el tiempo se vuelve efímero: Dialogo entre Félix González-Torres y Luis Barragán

Encuentro poético entre la efímera vulnerabilidad del arte y la permanencia disciplinada de la arquitectura

La Cuadra, donde el tiempo se vuelve efímero: Dialogo entre Félix González-Torres y Luis Barragán
Sarah Roig méxico df - 11/02/26

Del 8 de febrero al 5 de abril de 2026, La Cuadra acogerá una exposición comisariada por Pablo León de la Barra que pone en escena la convivencia entre la arquitectura de Luis Barragan y la obra de Felix Gonzalez-Torres. No se trata exactamente de un diálogo, ya que esa palabra sugiere demasiada armonía, sino de una aproximación lateral entre dos maneras de entender el espacio. Mientras Barragan aspira a la permanencia, Felix Gonzalez-Torres sospecha de ella.

Construida en 1968 como caballerizas privadas a las afueras de la Ciudad de México, La Cuadra sigue siendo uno de los espacios más emblemáticos de Barragán. Fue concebida como un lugar de contemplación moldeado por la luz, el color y la proporción. Posteriormente, abrió sus puertas al público como un espacio comunitario dedicado al diálogo entre la arquitectura, el arte y el diseño. La exposición coincide con la clausura de la vibrante semana del arte mexicano, Zona Maco (del 4 al 8 de febrero de 2026), y marca la primera presentación individual de la obra de González-Torres en la Ciudad de México desde su exposición en el Museo Universitario de Arte Contemporáneo en 2010, tras su anterior presentación en el Museo Rufino Tamayo en 1998.

González-Torres fue uno de los artistas más influyentes de su generación y vivió y trabajó con firmeza según una ideología democrática orientada en “hacer de este un lugar mejor para todos”. Esta ética trasciende lo físico al intervenir con el color, la luz y la geometría del espacio arquitectónico de Barragán en La Cuadra. Dentro de su amplia estructura, las cortinas de cuentas doradas de González-Torres introducen una lógica espacial radicalmente distinta. Allí donde la pared rosa impone opacidad y distancia, la cortina opera a través de la porosidad y el tacto, transformando la arquitectura en un umbral más que en un límite. Las cortinas de cuentas doradas introducen una lógica distinta a la del muro donde la arquitectura delimita, la cortina filtra; donde el plano afirma estabilidad, la obra propone tránsito. El espacio deja de ser percibido unicamente como contenedor para convertirse en superficie de intercambio donde la luz se fragmenta, el sonido se altera y el recorrido se vuelve variable.

Consciente de su propia mortalidad tras su diagnóstico de sida, González-Torres concibió su obra como un conjunto de piezas destinadas al movimiento y cambio constante donde los caramelos desaparecen, el papel circula, la luz parpadea, las cortinas se mueven y los reflejos se erosionan. Su práctica podria ejemplificar lo que los teóricos queer describen como tiempo no lineal, una temporalidad que atraviesa el pasado, el presente y el futuro de formas irregulares y resistentes. Su rechazo a la permanencia produjo obras que circulaban, disminuían y se regeneraron, situándose en un estado en continuo movimiento. Esta condición remite a la afirmación de Heráclito: “no puedes meterte dos veces en el mismo río”. Moldeada por la vida nocturna queer y la performance corporal, su práctica permaneció anclada en la vulnerabilidad y la exposición. González-Torres habló del amor de una manera profundamente real, para mí, uno de los artistas que mejor nos contó lo que es el amor aun bajo la sombra de la muerte. En términos heideggerianos, comprendió la vida a partir de la conciencia de la muerte, fundamentando así los principios estéticos y éticos de su obra en la impermanencia.

En la exposición, los espejos, las pilas de papel y las plataformas complejizan aún más la ética espacial de La Cuadra. Los paneles espejados reflejan el espacio en lugar de los cuerpos, creando un circuito en el que el espacio se contempla a sí mismo y la subjetividad permanece en suspenso. En el patio, una plataforma elevada funciona como un escenario vacío done el espectador no ocupa el centro como sujeto privilegiado; si no que participa dentro de un sistema que admite variación, desgaste y repetición. La arquitectura que es habitualmente asociada a la estabilidad, se ve atravesada por una lógica de circulación.

Más que proponer una lectura romántica sobre lo efímero, la exposición sugiere que la permanencia y la mutabilidad no son opuestos absolutos, sino regímenes espaciales que pueden coexistir. Si Barragán construye atmósferas desde el control material, González-Torres trabaja desde protocolos que permiten que la obra cambie sin perder estructura. En definitiva, el dialogo entre González-Torres con Barragán articula una visión del arte y la arquitectura no como instrumentos de permanencia, sino como prácticas de presencia que sostienen su determinación ideológica de hacer, sencillamente, del mundo un lugar mejor.

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