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Cynthia Talmadge convierte Rockefeller Center en el escenario de una ficción desbordada

Entre musical, paranoia y ficción autobiográfica, la artista despliega una instalación site-specific donde lo íntimo y lo mediático colapsan en pleno corazón de Nueva York.

Cynthia Talmadge convierte Rockefeller Center en el escenario de una ficción desbordada
bonart nueva york - 04/01/26

En la obra de Cynthia Talmadge lo íntimo y lo mediático se confunden hasta volverse inseparables. Nacida en Estados Unidos y radicada en Nueva York, la artista ha construido una práctica que se mueve entre la pintura, la fotografía y la instalación para explorar los estados emocionales que atraviesan la cultura contemporánea. Su trabajo, profundamente narrativo, se nutre de la estética del tabloide, del imaginario romántico y de los rituales cotidianos que revelan el lado más vulnerable —y a veces oscuro— de la experiencia americana.

A lo largo de los últimos años, Talmadge se ha consolidado como una de las voces más singulares de su generación, presentando proyectos que transforman espacios y objetos cargados de significado en escenarios emocionales complejos. Su nueva exposición profundiza en estas tensiones, invitando al espectador a recorrer un territorio donde la memoria, la representación y el deseo se entrelazan, confirmando una vez más su interés por aquello que ocurre entre lo que se muestra y lo que se siente.

Hasta el 10 de enero se puede ver en 56 Henry de New York la nueva exposición de Talmadge que se despliega actualmente a lo largo del campus del Rockefeller Center. Concebida como una instalación site-specific, la muestra inauguró la temporada navideña en uno de los espacios más emblemáticos de Nueva York, integrando la práctica minuciosa y conceptualmente compleja de la artista en el entramado histórico y simbólico del lugar.

En esta ocasión, Talmadge retoma y amplía la historia de Alan Smithee, un personaje recurrente en su obra. El nombre —tradicionalmente utilizado por directores de Hollywood que decidían borrar su autoría de una película fallida— es reimaginado por la artista como un individuo de vida personal turbulenta y ambiciones renovadas. En el universo de Talmadge, Smithee existe a través de objetos que funcionan simultáneamente como utilería, vestigio y prueba: fragmentos de una biografía ficticia narrada desde los restos materiales que deja a su paso.

El primer acto de esta saga, Goodbye to All This: Alan Smithee Off Broadway, se presentó en 2023 en la galería Bortolami. Allí, Smithee aparecía como un director de Hollywood en decadencia, con más de ochenta películas a sus espaldas, una reputación erosionada y un reciente divorcio. Aislado en su loft de Tribeca, acompañado únicamente por su Maserati y una ambición tardía, aspiraba a reinventarse como dramaturgo experimental. La exposición en Rockefeller Center continúa esta narrativa, pero lo hace desde un registro más estridente y delirante.

En este nuevo capítulo, la paleta cromática estalla en fucsias, azules celestes y verdes ácidos. Aprovechando un rumor infundado que lo vincula familiarmente con Irving Berlin, Smithee decide crear un musical destinado al éxito masivo. Impulsado por una forma accidental de nepotismo, entra en un frenesí creativo sin descanso y escribe una obra descaradamente cliché, que “toma prestados” motivos y melodías de Sondheim y otros compositores. Contra todo pronóstico, The Sound of Manhattan se convierte en un fenómeno comercial. Smithee se interpreta a sí mismo y, por un instante, vuelve a experimentar el calor del reconocimiento público.

El éxito, sin embargo, es efímero. La paranoia se instala: convencido de que los técnicos y tramoyistas conspiran para asesinarlo, Smithee se precipita hacia el colapso. En un estado febril, irrumpe en el Bemelmans Bar cantando ante clientes atónitos, hasta ser trasladado al hospital Bellevue. El delirio culmina cuando decide sabotear y boicotear su propio espectáculo en Broadway.

Talmadge da forma a este relato mediante una cuidada selección de elementos escultóricos. Dioramas distorsionados del escenario del musical ocupan una vitrina del lobby de 45 Rockefeller Plaza; en otra, una estrella rosa brillante de Hollywood con el nombre de Smithee aparece intervenida con una máscara de comedia y tragedia. Programas de mano diseñados especialmente para la muestra están garabateados y anotados con la caligrafía del personaje, como si acabaran de salir de una mente desbordada. Fotografías de los vestuarios revelan el pijama del protagonista: cuadros celestes remendados, combinados con ribetes verdes y rosados, que proyectan una excentricidad cuidadosamente ensayada.

Incluso dentro del marco narrativo preciso que propone Talmadge, los objetos se deslizan con facilidad entre categorías: vestuario y ropa cotidiana, escenografía y utilería, ficción y evidencia. En el mundo de Alan Smithee, las fronteras se desdibujan constantemente, porque el personaje nunca deja de interpretarse a sí mismo.

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