En la primera planta del Museo de Arte Contemporáneo de Panamá (MAC), la exposición Otras montañas, las que andan sueltas bajo el agua invita a los visitantes a sumergirse en una visión del océano que trasciende su dimensión biológica. Bajo comisariado de Yina Jiménez Suriel y Juan Canela, la muestra propone comprender el mar como un espacio común de vida, memoria y constante transformación, donde convergen historias humanas y no humanas.
Las artistas caribeñas Tessa Mars, de Haití, y Nadia Huggins, de Trinidad y Tobago, emplean la improvisación como una herramienta de creación y pensamiento crítico. A través de sus instalaciones, ambas cuestionan las estructuras tradicionales de poder y los sistemas que determinan qué cuerpos, territorios y formas de existencia son visibles o reconocidas.

La videoinstalación A shipwreck is not a wreck (2025), de Nadia Huggins, explora la improvisación como una posibilidad de escapar de los marcos perceptivos rígidos que han sostenido distintas formas de dominación social, colectiva y sensorial. La obra conduce al espectador por los restos de un naufragio que, lejos de representar un final o una ruina estática, se convierte en un organismo vivo en permanente metamorfosis. Corales, rocas, manglares, medusas y cuerpos humanos coexisten en un paisaje donde el océano aparece como una fuerza que transforma y sostiene la existencia.
La propuesta de Huggins rechaza las categorías simples de lo bueno y lo malo para dar lugar a personajes y entidades marcados por la ambigüedad, la vulnerabilidad y la complejidad emocional, reflejando así la diversidad de relaciones que emergen en los ecosistemas marinos.

Por su parte, en la instalación audio-pictórica A Call to the Ocean (2025), Tessa Mars relaciona la improvisación con la idea de “fuga”, un concepto desarrollado por el artista y filósofo Dénètem Touam Bona. En este contexto, la fuga no significa escapar, sino transformarse continuamente para evitar los mecanismos de control y abrir caminos hacia nuevas posibilidades de existencia.
En la obra de Mars, las montañas dejan de ser simples escenarios naturales para convertirse en entidades activas que participan en la historia de la vida sobre la Tierra. Frente a la mirada terrestre que entiende estos paisajes como recursos destinados a la explotación, la artista propone una visión oceánica en la que las montañas son seres de alteridad, conectados con procesos geológicos, espirituales y colectivos.

El recorrido por ambas instalaciones involucra no solo la mirada, sino también el cuerpo del visitante. Las obras pueden ser habitadas y atravesadas, generando experiencias inmersivas en las que la percepción se amplía y se desplaza hacia otros puntos de vista.
La adaptación de las piezas al espacio del MAC representó un desafío curatorial, ya que originalmente fueron concebidas para un entorno de mayor escala durante su presentación en Venecia, dentro de una antigua iglesia. Según Juan Canela, el traslado al museo panameño —ubicado en un edificio que anteriormente funcionó como templo masónico— generó una coincidencia simbólica: “Nos reíamos durante el montaje porque la exposición pasó de un templo en Venecia a otro aquí”.
Canela destaca que la esencia de la muestra reside en su capacidad de abrir nuevas formas de imaginar el mundo: “Ambas obras apuestan por la imaginación y por la posibilidad de pensar otras maneras de estar en el planeta. Queremos que el público pueda ver, sentir y experimentar desde diferentes perspectivas”.