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Exposiciones

Améfrica en el CAAC: diáspora, ritual y el archivo atlántico

El Centro Andaluz de Arte Contemporáneo acoge Améfrica. Conexiones Diaspóricas en la Colección Jorge M. Pérez, una exposición curada por Helio Menezes que activa el legado del Atlántico Negro y la ameafricanidad como archivo vivo, relacional y en permanente transformación.

Améfrica en el CAAC: diáspora, ritual y el archivo atlántico
Sarah Roig sevilla - 03/03/26

Améfrica. Conexiones Diaspóricas en la Colección Jorge M. Pérez, abrió recientemente su exposición en el Centro Andaluz de Arte Contemporáneo que propone repensar la diáspora africana no como una condición histórica cerrada, sino como un archivo vivo y transcontinental. Instalada en el antiguo monasterio y complejo industrial que alberga el CAAC, la exposición se sitúa en un espacio ya marcado por historias estratificadas de comercio, extracción y poder religioso, transformando Sevilla en lo que podría entenderse, siguiendo la noción de Paul Gilroy del Atlántico Negro, como un lugar de circulación más que como un escenario periférico. El Atlántico aquí no es geografía, sino método, una zona fluida de intercambio donde las identidades se producen continuamente a través del movimiento.

Curada por el antropólogo y curador brasileño Helio Menezes, Améfrica reúne 128 obras de 99 artistas de más de treinta países de África, América, Europa y Australia, todas provenientes de la Colección Jorge M. Pérez. La exposición toma como punto de partida conceptual la noción de ameafricanidad, desarrollada por la intelectual afrobrasileña Lélia Gonzalez, quien argumentó que priorizaba la comprensión de las Américas a través de sus cimientos africanos, no como una influencia marginal, sino como una fuerza estética, política y epistemológica constitutiva. En este sentido, Améfrica no representa simplemente la diáspora; promulga lo que Édouard Glissant podría llamar una poética de la relación, que prioriza la opacidad, el entrelazamiento y el rechazo de un origen único.

En lugar de trazar una narrativa lineal de influencia, la exposición construye una densa red de correspondencias entre generaciones, geografías y medios. Pintura, escultura, fotografía, instalación y prácticas textiles convergen para articular formas de memoria moldeadas por el desplazamiento, la resistencia y la adaptación. La diáspora no se enmarca únicamente como una pérdida, sino como lo que Achille Mbembe describe como una condición de devenir, un estado inacabado y generativo en el que las formas culturales sobreviven precisamente a través de la mutación. El archivo que emerge no es monumental ni completo, sino iterativo y relacional.

La exposición se organiza en cinco capítulos temáticos: Adaptación, Resistencia, Reinterpretación, Nuevas Formas y Ameafricanas, que operan menos como categorías fijas que como estados superpuestos de transformación. Adaptación aborda los movimientos forzados y voluntarios a través del Atlántico, privilegiando las estructuras cíclicas y comunales por encima de las fronteras nacionales. De este modo, la exposición desplaza el énfasis del origen a la circulación, desafiando al Estado-nación como marco dominante de la identidad. En Resistencia, las prácticas artísticas traducen la violencia racializada y la tensión social en lenguajes visuales de cuidado, confrontación y urgencia política. Aquí, la figura de la madre negra emerge con frecuencia como un lugar de resiliencia intergeneracional. La resistencia se articula no solo como protesta, sino como preservación, el mantenimiento de la memoria contra el borrado. La reinterpretación se vuelca hacia la espiritualidad y el ritual como sistemas de conocimiento. Las obras inspiradas en cosmologías ancestrales, trance y sistemas de creencias sincréticas van más allá de la iconografía religiosa para proponer epistemologías alternativas forjadas a través de la supervivencia y la memoria colectiva. Estas prácticas alteran la lógica secular del museo, introduciendo modos de conocimiento que exceden la categorización estética y resisten la contención dentro de los marcos racionalistas occidentales.

En Nuevas Formas, la experimentación material cobra protagonismo. Fibras orgánicas, minerales, textiles y objetos desechados se movilizan para producir lenguajes híbridos que se integran en la arquitectura institucional. En lugar de ser neutralizados por el museo, estos materiales introducen fricción, insistiendo en que la materia misma porta residuos históricos. La forma se convierte en archivo. La textura, en testimonio.

El capítulo final, Amefricanas, destaca la autorrepresentación a través de las voces de artistas negras que reivindican el cuerpo, la imagen y la mirada de los regímenes coloniales de visibilidad. Estas obras articulan nuevos imaginarios de deseo, agencia y presencia, contrarrestando la objetivación histórica de la feminidad negra con estrategias de opacidad, placer y rechazo. En toda su extensión, Améfrica se niega a ofrecer una narrativa singular de la diáspora africana. En cambio, opera como lo que Glissant describiría como una constelación parcial, relacional y abierta. Instalada en los claustros del CAAC, la exposición plantea un diálogo sostenido entre ritual e institución, entre memoria vivida y encuadre museológico. No resuelve las tensiones entre archivo y experiencia, sino que las sostiene.

Lo que emerge no es la reconciliación, sino la coexistencia, un archivo atlántico entendido no como un capítulo cerrado de la historia, sino como un desarrollo continuo moldeado por la repetición, la ruptura y la participación colectiva.

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