El juego ocupa un lugar central en la práctica artística de Anna Irina Russell, que le entiende no como una actividad menor o asociada a la frivolidad, sino como un marco metodológico y relacional capaz de transformar las formas habituales de percibir y habitar el espacio. En este sentido, uno, dos, tres. parte del imaginario de Antoni Tàpies y, concretamente, de la propuesta de escultura que el artista concibió para la Sala Oval del MNAC: un calcetín de grandes dimensiones, vacío y perforado, dentro del cual el público pudiera entrar y convertirlo en un cuerpo habitado.
Russell retoma ahora este imaginario lúdico y activa sus posibilidades desde una sensibilidad plenamente contemporánea. Su pieza invita a adentrarse en este gran calcetín soñado por Tàpies ya experimentar físicamente una obra que no se contempla únicamente desde fuera, sino que se recorre, habita y transforma a través de la presencia del público. El cuerpo deja así de ser un simple espectador para convertirse en agente activo de una situación en la que obra, materia y espacio establecen una relación cambiante.
Esta forma de entender la participación conecta con una idea del juego que Antoni Tàpies ya desarrollaba en El juego de saber mirar , ensayo publicado en 1967. Para el artista, jugar no equivale a actuar arbitrariamente, sino que constituye una forma de aprendizaje y ampliación de la mirada y del conocimiento. La obra de Russell participa de esta misma sensibilidad: lo lúdico se convierte en una herramienta para desplazar las jerarquías convencionales entre obra y espectador y para generar otras formas de relación entre personas, objetos y entorno.
Su práctica artística se articula principalmente a través de la escultura blanda y la instalación, desde donde investiga procesos de comunicación no hegemónicos. El aire y la respiración adquieren una dimensión material y relacional. Sus estructuras hinchables respiran, se expanden y vacilan al límite del colapso, poniendo el foco en lo que escapa al lenguaje y desborda la imagen: el desbordamiento, el contagio y la asfixia. La materia, lejos de ser pasiva, adquiere así una propia capacidad expresiva y se convierte en protagonista de un proceso de comunicación.
Uno, dos, tres. propone una experiencia en la que el juego se convierte en una forma de conocimiento y el cuerpo, una herramienta para mirar de otra manera. La pieza recupera la intuición de Tàpies para llevarla hacia un territorio en el que los límites entre seres vivos, objetos y espacio se vuelven más permeables, y donde la experiencia artística se construye a través de la participación, la respiración y el movimiento.
La propuesta se presenta el 18 de septiembre de 2026, de 19 a 21 horas, en el marco del ciclo Siguiendo el sol. Destapando la mirada del Museu Tàpies , comisariado por Carolina Ciuti.