El arte contemporáneo a menudo incomoda porque ya no se limita a representar la realidad como un espejo. En muchos casos, interviene en el mundo y altera algún aspecto: crea situaciones, modifica comportamientos y abre nuevas maneras de relacionarnos. En este sentido, el concepto de performatividad acontece central. Pero hay que precisar que no equivale al arte performativo entendido como “hacer una performance” ante el público. Aquí la idea clave es otra: la obra no solo hace, sino que hace hacer. Como lógica constitutiva, funciona como un dispositivo que activa acciones, decisiones y vínculos entre personas, y diseña las condiciones para que pasen cosas. En consecuencia, una pieza es performativa cuando moviliza acciones y decisiones otros, cuando genera públicos que antes no existían, cuando transforma espectadores en participantes y cuando redefine qué quiere decir autor, obra o comunidad.
Esta perspectiva obliga a entender que el que pasa en una obra no depende solo del artista, puesto que también intervienen el público y su grado de implicación, la institución y sus normas, el espacio y los dispositivos, y los protocolos y lenguajes que distribuyen roles y orientan las acciones posibles. Igualmente, el contexto social y político —con sus tensiones materiales y afectivas— modula los efectos.
Ahora bien, ningún principio es neutro. El arte performativo, en cuanto que implica personas y genera relaciones y situaciones, no puede desentenderse de las consecuencias del que pone en marcha: tiene que asumir la responsabilidad. Precisamente por eso hay que vigilar como se aplica y en qué condiciones se produce, porque la performativitat puede degradarse cuando se convierte en fórmula: la eventizaciónó, la participación instrumentalizada o la transgresión domesticada y previsible.
Y es aquí donde hay que redefinir qué entendemos por eficacia: no como impacto inmediato o ruido mediático, sino como la capacidad de activar procesos de aprendizaje, crear vínculos y cambiar hábitos, de forma que dejen huella, no como objeto, sino como proceso. En un tiempo en que todo tiende a disolverse en el consumo acelerado y en una atención cada vez más fugaz, la pregunta decisiva se desplaza: ya no es tanto “qué es esta obra?”, sino que activa, que transforma, como nos afecta y que nos hace hacer. En este sentido, la performativitat puede entenderse como una poética de la consecuencia: una manera de articular formas y situaciones que no solo significan, sino que producen efectos y dejan rastro en la manera como percibimos, nos relacionamos y actuamos en el mundo.