Estrella o actriz, mujer o símbolo, fenómeno cultural: Marilyn Monroe sigue siendo difícil de etiquetar, de comprender, dentro incluso del panorama cinematográfico; el mismo que, durante el tiempo que duró su carrera, le dio alas y la condenó, una y otra vez. A fin de cuentas, que su nombre cargase más de un sentido; el hecho de que una mujer pudiera significar algo más que el mero contraste físico con su contrario, era algo inabarcable para la sociedad de la época. Algo intolerable.
En muchos sentidos, lo sigue siendo. Los intentos por desmitificar al mito, por desprender a Monroe de todo lo que la envolvía para así devolverla, si es que es posible, a la mujer, no son más que otra forma de condena. Un método un tanto reduccionista, no muy distinto al que usaban los medios en su momento para intentar encuadernarla dentro un formato comprensible; uno más fácil, mas no por ello más adecuado.

Marilyn Monroe, su imagen, está atrapada en el tiempo. No se puede modificar. Pero la mirada, la nuestra, ha ido cambiando. La misma imagen que antes se miraba con ojos adversos, únicos —canalizados a través de la mirada de los medios y de los directores y fotógrafos que la enfocaban con sus lentes— hoy se mira desde perspectivas más amplias. Con distancia. Esto es lo que propone, precisamente, Florence Tissot, curadora de la actual exposición de La Cinémathèque française dedicada a los cien años de Marilyn Monroe.
Monroe está envuelta en leyendas. Tantos y tan contradictorios son los relatos acerca de su figura, que, llegados a cierto punto, es prácticamente imposible prescindir de ellos para comprenderla. La exposición, por lo tanto, propone una nueva mirada no sólo hacia la actriz, sino también hacia todas esas creencias que contribuyeron a la construcción de ésta como estrella y que la acompañaron a lo largo de su carrera.

Dijo Fritz Lang: “Sabía exactamente qué efecto tenía en los hombres. Y eso es todo.” También John Huston afirmó: “No actuaba”. Incluso Arthur Miller —tercer y último marido de Monroe— recalcó que “en todo lo que hacía, era ella misma.” Estos comentarios, aunque no necesariamente expresados con malicia, han contribuido, en retrospectiva, a desacreditar el trabajo de Marilyn Monroe como actriz. Richard Dyer —incluído en el catálogo— propuso la siguiente idea en 1986: “Monroe encarna las contradicciones de la década de 1950, a la vez puritana y obsesionada con la sexualidad, a través de su supuesta espontaneidad derivada de su imagen de pin-up”. Marilyn Monroe era actriz. Pero su imagen y su puesta en el mundo, hiper analizada por su entorno —malinterpretada, incluso; con el paso de los años— ha influido de manera directa sobre nuestra manera de mirarla y de considerar su trabajo.
Pero es que Sarah Churchwell lo define muy bien. En su historiografía crítica de las biografías existentes de Monroe, The Many Lives of Marilyn Monroe (2004), la escritora y académica escribe que “las creencias a menudo preceden a los hechos y revelan más sobre nosotros que sobre la estrella.”