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Exposiciones

Vasarely 120 o el vértigo geométrico que anticipó el mundo contemporáneo

La gran retrospectiva de Budapest reivindica a Victor Vasarely como arquitecto visual de la modernidad óptica y profeta de la cultura digital.

Victor Vasarely: Kroa-MC, 1969.
Vasarely 120 o el vértigo geométrico que anticipó el mundo contemporáneo

En el corazón de Museum of Fine Arts de Budapest, la exposición Vasarely 120 no se limita a celebrar el aniversario del nacimiento de Victor Vasarely. La ambiciosa retrospectiva funciona, sobre todo, como una relectura crítica de uno de los artistas más influyentes —y paradójicamente más absorbidos por la cultura visual popular— del siglo XX. Reunidas en cinco grandes secciones cronológicas, más de 140 obras, acompañadas de documentos inéditos, fotografías y material audiovisual, reconstruyen con precisión la trayectoria de un creador que comprendió antes que nadie que el arte del futuro sería percepción, sistema y movimiento.

La muestra propone una tesis clara: Vasarely no fue únicamente el 'abuelo del Op Art', esa etiqueta cómoda que lo convirtió en icono decorativo de los años sesenta y setenta. Fue, en realidad, un pensador visual radical que transformó la geometría en lenguaje emocional y convirtió la ciencia en una herramienta poética. Su obra no busca representar el mundo; intenta reprogramar la mirada.

  • Victor Vasarely: Gizeh, 1955-1962 and Tlinko-F 1956-1962.

El recorrido comienza con sus experimentos figurativos y sus primeros trabajos gráficos, donde ya se percibe la obsesión por la estructura y la síntesis formal. Sin embargo, el verdadero núcleo conceptual emerge a partir de su ingreso en la Academia Mühely de Budapest en 1929, considerada entonces el equivalente húngaro de la Bauhaus. Allí absorbió la idea de un “arte total” fundamentado en la geometría, la funcionalidad y la integración entre disciplinas. Aquella formación marcaría toda su producción posterior.

La exposición acierta al subrayar cómo Vasarely entendió tempranamente que arte y ciencia no eran territorios opuestos, sino sistemas complementarios. En sus propias palabras, ambos podían “formar una construcción imaginaria en armonía con nuestra sensibilidad y el conocimiento contemporáneo”. Esa frase atraviesa toda la retrospectiva como una declaración programática.

Frente a las célebres composiciones ópticas de los años sesenta y setenta —esas retículas vibrantes de cuadrados, círculos y módulos cromáticos que parecen expandirse y contraerse ante el espectador— el visitante experimenta una sensación ambigua entre fascinación y desorientación. Las superficies se hunden, giran, se abomban o colapsan visualmente. La pintura deja de ser un objeto inmóvil para convertirse en acontecimiento perceptivo.

Lo extraordinario es que, incluso décadas después de su creación, estas obras siguen pareciendo contemporáneas. En tiempos dominados por pantallas, interfaces digitales y realidades algorítmicas, las investigaciones visuales de Vasarely adquieren una actualidad inesperada. Sus patrones modulares anticipan tanto la estética digital como los mecanismos de saturación visual de la cultura contemporánea. Mucho antes de los softwares de diseño generativo, Vasarely ya concebía la imagen como una estructura programable.

  • Victor Vasarely, Vessant, 1952 and Amir, 1953.

La retrospectiva también recupera una dimensión frecuentemente olvidada: el profundo idealismo social del artista. Vasarely soñaba con liberar el arte del espacio elitista del museo para integrarlo en la arquitectura, el urbanismo y la vida cotidiana. Aspiraba a un arte democrático, reproducible y colectivo, capaz de transformar la experiencia urbana moderna. Su utopía visual estaba menos cerca del objeto exclusivo que del diseño expandido.

En este sentido, Vasarely 120 evita caer en la nostalgia decorativa y devuelve complejidad intelectual a una obra muchas veces reducida a mera ilusión óptica. La exposición demuestra que detrás de cada vibración cromática existía un sistema de pensamiento riguroso, casi matemático, donde color, forma y movimiento funcionaban como variables de una misma ecuación perceptiva.

El comisariado de Veronika Pócs consigue además algo poco habitual: mostrar la coherencia total de una trayectoria artística desarrollada durante décadas sin perder intensidad conceptual. Desde los ejercicios vinculados al espíritu Bauhaus hasta las monumentales composiciones ópticas de madurez, todo parece responder a una investigación única y obstinada sobre las posibilidades infinitas de la geometría.

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