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Exposiciones

Jardines mecánicos: ficciones del cuerpo en la era del falso progreso

En Jardines mecánicos, la galería Enlace de Lima se transforma en un ecosistema híbrido donde lo orgánico y lo tecnológico ensayan nuevas formas de coexistencia frente al mito del progreso.

Jardines mecánicos: ficciones del cuerpo en la era del falso progreso
bonart lima - 26/03/26

En un presente marcado por la promesa insistente del progreso —tecnológico, económico, sistémico— emerge, casi como reflejo involuntario, una sensibilidad crítica que desconfía de sus beneficios. Jardines mecánicos de la Galería Enlace de Lima se sitúa precisamente en ese umbral: el del progreso regresivo, ese que privilegia a unos pocos mientras produce nuevas formas de precariedad, control y extrañamiento. Lejos de ofrecer una denuncia frontal, la exposición articula una respuesta más ambigua y sugerente: una atmósfera onírica, febril, donde cuerpo y objeto se entrelazan hasta volverse indistinguibles.

El recorrido que se podrá ver hasta el 7 de abril propone un terreno híbrido en el que lo humano, lo animal y lo vegetal dejan de ser categorías estables. En su lugar, se despliega un ecosistema en mutación constante, donde las formas se reorganizan para ensayar modos alternativos de existencia. En este contexto, las obras de Carlos Revilla, Héctor Delgado y James Jessiman no solo dialogan entre sí, sino que construyen, en conjunto, una cartografía inquietante del presente.

En la obra de Carlos Revilla, el espectador accede a una suerte de laboratorio sensorial donde cuerpo y máquina coexisten en un mismo plano de intensidad. Formado bajo la influencia del surrealismo europeo de posguerra, Revilla desarrolló un lenguaje visual ácido y escéptico, atravesado por una carga erótica que subvierte las promesas tecnológicas de su tiempo. Sus figuras —compuestas por extremidades móviles, prótesis y estructuras mecánicas— evocan tanto la tradición del autómata surrealista como una crítica anticipada a la fragmentación del sujeto moderno.

Sin embargo, más que denunciar, Revilla parece insinuar: la sensualidad se filtra en lo rígido, lo orgánico irrumpe en lo artificial, y el deseo persiste incluso en contextos de control. Sus composiciones revelan así una tensión irresuelta entre fascinación y rechazo hacia la máquina, donde el cuerpo aparece simultáneamente potenciado y desarticulado.

Si en Revilla la crisis se manifiesta en la interioridad del cuerpo, en Héctor Delgado el colapso se vuelve paisaje. Sus collages construyen escenarios posteriores a la catástrofe: territorios áridos, casi estériles, habitados por criaturas mutantes que parecen surgir de los restos de un mundo agotado. No obstante, lejos de instalarse en una estética del caos, Delgado propone sistemas alternativos de organización.

Cada pieza funciona como un microecosistema autónomo, regido por lógicas internas donde lo marginal adquiere centralidad. Lo impuro, lo residual, lo no-humano dejan de ser signos de degradación para convertirse en agentes activos de recomposición. En este sentido, su trabajo puede leerse como una especulación ecológica radical: una imaginación de futuros donde la vida persiste no a pesar de los desechos, sino a partir de ellos.

Por su parte, James Jessiman introduce una dimensión distinta, vinculada al desplazamiento, la investigación y la recolección de relatos. Sus esculturas en bronce —donde baterías y orquídeas se entrelazan formando circuitos improbables— condensan una serie de mitologías recogidas durante sus viajes por Perú. Frente a las lógicas extractivistas asociadas al poder, Jessiman propone artefactos que operan desde lo afectivo.

En sus piezas, la máquina deja de ser un instrumento de dominación para convertirse en un dispositivo sensible: motores que funcionan a partir del deseo, transmisores que captan señales emocionales. Al desdibujar la frontera entre herramienta y organismo, Jessiman abre un espacio donde la tecnología ya no se opone a la vida, sino que se integra en ella desde una lógica relacional.

En conjunto, Jardines mecánicos no plantea una oposición simplista entre naturaleza y tecnología, sino que explora las zonas grises donde ambas se contaminan mutuamente. La exposición propone, así, una crítica al imaginario del progreso lineal, pero también una invitación a pensar otras formas de coexistencia.

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