Ministros, chorizos, chatarreros, jefes de policía de la brigada de patrimonio, artistas, falsos artistas, performers, periodistas, terroristas y sobre todo Juan Tallón.
Estos son sólo algunos de los personajes que, según ha revelado Isaki Lacuesta (Segundo Premio, 2024; Entre dos aguas, 2018), se preguntarán dónde narices podría estar Equal-Parallel/Guernica-Bengasi, la reconocida obra del artista estadounidense Richard Serra.
Siempre es emocionante conocer que Isaki Lacuesta capitaneará un nuevo proyecto. Mas es difícil deducir, hasta el momento en que uno se sienta en la butaca del cine, se apagan las luces y empiezan a proyectarse las primeras imágenes en pantalla, a qué debemos atenernos.
Hijos que vuelven a casa como desconocidos, un poeta y boxeador perdido, hermanos que se reencuentran, amor y bombas, padres e hijas sin tiempo, amistades extraterrestres, música; pero, ante todo, muchas preguntas. Pues si hay algo que define el cine de Isaki Lacuesta es la capacidad maestra de hacerse preguntas.

Pero hablemos de la novela; o, si acaso, de Richard Serra.
Juan Tallón construye Obra maestra en una sucesión de testimonios, reales y ficticios y de categorías totalmente dispares —desde jubilados, taxistas y chatarreros, hasta galeristas, críticos y políticos—, que giran en torno a la escultura y a su desaparición. Para algunos, Equal-Parallel/Guernica-Bengasi es la gran obra maestra del minimalismo; otros no ven más allá de sus cuatro bloques de acero de 38 toneladas. Los hay, incluso, que consideran la escultura un incordio. Pura chatarra.
El escritor también firma, llegados a cierto punto de la novela, su propio testimonio. Uno que, a fin de cuentas, no deja de ser sólo una pequeña parte de la mirada que él mismo propone, en todo el conjunto de la novela, hacia el debate central de la obra: dónde empieza y dónde termina el arte contemporáneo. O, de hecho, la figura del artista.
Juan Tallón se acerca a la eterna cuestión del mundo del arte con una distancia que no carece de intimidad, tampoco de ojos propios. Pero es precisamente esta distancia la que aporta al texto el extraordinario poder que carga. Obra maestra no busca respuestas, no busca la verdad porque sabe que es absurdo. En ella, en cambio, prevalece el misterio. Y es que, como bien apunta Jorge Luis Borges en la cita de El Aleph escogida para encabezar la novela, al revelarse el misterio se rompe el hechizo.
La búsqueda de estos tantos personajes por encontrar una respuesta sólida a la desaparición de la escultura de Richard Serra; la mirada de cada uno de ellos, no sólo hacia Equal-Parallel/Guernica-Bengasi, sino también hacia su autor y otros de su estirpe, funciona como un marco narrativo perfecto para que el lector —un personaje más en este juego literario, si se me permite— se haga las preguntas adecuadas y saque sus propias conclusiones, siempre variables y contradictorias, en cuanto al valor de la misma.
El mundo interior del artista nunca es comparable al mundo exterior que lo acoge. Tal vez por ello, lo que resulta del choque entre ambos es, a día de hoy, un misterio todavía sin definición. La percepción del arte, o de lo artístico, es algo que se sostiene por sí misma sobre algo así como una evolución constante; a menudo en consecuencia, o como reacción, al tiempo. Pero esta percepción tiene poco que ver con la cabeza que, por razones inabarcables, decide creer de veras en cuatro bloques de acero de 38 toneladas dispuestos a lo largo de un espacio determinado. Esto es, y siempre ha sido, otra cosa muy distinta.