El Centro Galego de Arte Contemporánea acoge Ante a Lei, la nueva exposición del artista catalán Lluís Hortalà, una propuesta que reúne sus trabajos más recientes y que podrá visitarse en Santiago de Compostela hasta el próximo 31 de mayo. La muestra fue presentada por el director xeral de Cultura, Anxo M. Lorenzo, quien destacó su relevancia dentro del programa autonómico As exposicións de 2026, uno de los ejes culturales vinculados a la marca Galicia Calidade.
Nacido en Olot (Girona) en 1959, Hortalà ha desarrollado una trayectoria singular basada en el cuestionamiento de la mirada. Su obra se adentra en el trampantojo con una precisión casi obsesiva: mármoles, vetas, brillos y superficies pétreas son recreados con tal fidelidad que la pintura parece trascender lo visual para activar la memoria táctil del espectador. La fría densidad de la piedra, su textura pulida o rugosa, emergen en el lienzo como una ilusión convincente. A primera golpe de vista, podría pensarse que todo descansa en la destreza técnica —impecable, minuciosa—; sin embargo, bajo esa epidermis virtuosa late una compleja red de significados.

Cada obra funciona como un dispositivo narrativo que interpela la historia, especialmente la historia del arte y de la cultura entendidas como sistemas de legitimación. El título de la exposición remite explícitamente al célebre relato Ante la ley, de Franz Kafka, uno de los textos más difundidos del autor junto a La metamorfosis (también conocida como La transformación). Desde esa referencia literaria, Hortalà activa una reflexión sobre la tensión entre acceso y prohibición, entre lo visible y lo vetado. La puerta que nunca termina de abrirse en el universo kafkiano encuentra aquí su correlato plástico en muros, umbrales y arquitecturas que prometen una entrada que tal vez no llegue a producirse.
Comisariada por Santiago Olmo, la exposición se articula como un recorrido por las cambiantes leyes del gusto. El itinerario se inicia con el diálogo entre chimeneas rococó y neoclásicas, cuyos perfiles ornamentales anticipan simbólicamente la silueta de la guillotina, evocando los juicios de vida o muerte dictados durante la Revolución francesa. Más adelante, la mirada se desplaza hacia las paredes enteladas, las puertas y las salas de grandes museos europeos, como el Museo Nacional del Prado o la National Gallery. En la lectura de Hortalà, estas instituciones se convierten en auténticos tribunales culturales desde los que no solo se consagra el arte, sino también las narrativas nacionales que lo sostienen.

La instalación, concebida en capítulos, encadena cada sección con la siguiente hasta configurar un recorrido de carácter cronológico que invita a la inmersión pausada. El visitante avanza por un espacio donde cada detalle —cada veta pintada, cada brillo simulado— funciona como una metáfora de los mecanismos de poder que regulan la visibilidad y el reconocimiento. Entre las piezas expuestas se incluyen varias obras creadas específicamente para el CGAC, reforzando el diálogo entre el artista y el contexto institucional que lo acoge.