El álbum L’Estampe originale (1893–1895) ocupa un lugar central en el auge del grabado de fin de siglo, no solo como proyecto editorial, sino como declaración estética. La exposición An Ode to Printmaking del Van Gogh Museum de Ámsterdam, de formato contenido y mirada precisa, reúne unas 35 estampas que permiten comprender la ambición, la diversidad y las tensiones internas de este hito del arte gráfico moderno.
Conservado íntegramente en muy pocas instituciones —entre ellas el Museo Van Gogh—, L’Estampe originale es hoy un objeto casi mítico, tanto por su fragilidad material como por la claridad con la que condensa un momento de transición cultural. Las obras, rara vez expuestas, revelan un lenguaje gráfico que oscila entre la experimentación vanguardista y una sensibilidad todavía anclada en el gusto burgués de finales del siglo XIX.

Paul Signac, Saint-Tropez, 1894.
El proyecto impulsado por el editor André Marty en 1893 se articuló en torno a la idea de la estampe originale: un grabado concebido como obra autónoma, no reproductiva, en el que el artista debía intervenir en todas las fases del proceso. Esta exigencia, unida a las tiradas limitadas de cien ejemplares numerados, confería a las estampas un estatus casi equivalente al de la pintura, en abierta oposición a la lógica industrial que dominaba la cultura visual de la época. Sin embargo, esta aspiración de pureza artística convivía con una estrategia editorial claramente calculada, pensada para seducir a un coleccionismo aún prudente.
Esa ambigüedad resulta especialmente visible en la convivencia de nombres consagrados como Bonnard, Pissarro, Toulouse-Lautrec o Gauguin con artistas menos conocidos y propuestas gráficas más conservadoras. Lejos de diluir el conjunto, esta heterogeneidad lo vuelve más elocuente: el álbum no ofrece una visión unitaria del modernismo, sino un campo de fuerzas en el que tradición y ruptura se observan, se rozan y, a veces, se neutralizan.
Uno de los aspectos más reveladores del conjunto es el uso del color. La litografía policroma, durante décadas considerada un recurso menor, adquiere aquí una presencia afirmativa. Influida tanto por la cultura del cartel urbano como por el impacto de los grabados japoneses presentados en París en 1890, la estampa en color se transforma en emblema de modernidad. No obstante, su adopción no es homogénea: mientras algunos artistas explotan su potencial decorativo y expresivo, otros la integran con cautela, como si aún midieran sus consecuencias estéticas.

Henri Gabriel Ibels, Au cirque, 1893.
La reiterada presencia de figuras femeninas añade otra capa de lectura crítica. Mujeres representadas como musas, madres, amantes o alegorías pueblan las estampas, casi siempre sin identidad propia. Estas imágenes, pensadas para un público masculino y privado, reproducen y a la vez fijan una mirada que oscila entre el deseo, la idealización y el misterio. El álbum se convierte así en un documento revelador no solo de las transformaciones artísticas, sino también de las estructuras simbólicas y sociales que las sostienen.
Más que un simple compendio de grabados, L’Estampe originale funciona como un retrato complejo del fin de siglo. En sus páginas se entrelazan innovación técnica, estrategias editoriales, aspiraciones modernas y contradicciones sociales. Esta exposición que se podrá ver del 30 de enero hasta el 17 de mayo, al aislar y poner en diálogo algunas de sus estampas, no solo celebra el grabado como medio, sino que invita a reconsiderar críticamente un momento en el que arte, mercado y sociedad se redefinían de forma inseparable.