Mi madre es enfermera. Hace unos meses, llegó a casa encantada de contarme que estaba curando a un filósofo. Se llama Antoni Marí, me dijo. Está interesado en leer lo que escribes.
Me explicó que era catedrático de la Universidad Pompeu Fabra y que, mientras ella le hacía las curas, le gustaba escuchar a Händel. A duras penas —en un viaje hacia el centro de mi vergüenza—, conseguí reunir cuatro poemas decentes para que mi madre se los entregara al filósofo. Luego, me olvidé del asunto.
Dos semanas más tarde, mi madre sacó del bolso un pequeño libro. Es de Antoni, me dijo. Quiere que lo leas, es autobiográfico.
Era noviembre y yo no podría haberme imaginado que un libro tan pequeño, tan sencillo en su forma, pudiera cargar tanta vida dentro. Pero El vas de plata era eso; era vida y pesaba mucho. Creo que me di cuenta al final de aquel largo y cansado trayecto, ya en la subida que vislumbraba la casa del Canyar, cuando el abuelo, o l’avi, bajó de la tartana para anticiparse a la llegada de su familia y así recibirlos, aseado y bien vestido, como si nunca hubiera abandonado aquella casa que era su hogar.
Fui a verle un martes. Antoni Marí tenía consulta a las once, pero yo estaba preparada para recibirle, libro en mano, a las diez y media. Llegó a las doce. Apareció en la sala de espera —uno de los auxiliares de la ambulancia empujaba su silla de ruedas— como un pájaro cansado de discutir. Le acompañaba su mujer.
Esta es mi hija, dijo mi madre utilizando ese tono tan característico que utiliza de vez en cuando para referirse a mí; algo así entre el orgullo maternal y una fatiga general. Pero Antoni tardó un momento en comprender. Un momento larguísimo en el que no pude evitar pensar que, tal vez, mi madre había exagerado toda la situación y aquella visita era, de hecho, una molestia. Entonces, el pájaro levantó la cabeza: És clar, l’escriptora!
Mientras me dedicaba el libro, me fijé en sus manos. Sujetaba el bolígrafo con cuidado, casi sin tocarlo, entre unos dedos largos y huesudos que conservaban todavía la fuerza de los años. Me las imaginé danzando en el aire, acompañando este o aquel tema frente a sus alumnos, y me las imaginé escribiendo sobre la tartana y los veranos en el Canyar.
Sobre todo, hablamos de su libro y de mis poemas. Me asombró descubrir que a él le interesaba mi opinión casi tanto como a mi me interesaba la suya; me señaló algún detalle de los cuentos que más le conmovían y escuchó con atención aquellos que yo había escogido. Le gustaba especialmente el cuento en el que hablaba de cine. En cuanto a mis poemas, me dijo que contenían verdad.
A día de hoy, no estoy segura de si mis poemas contienen, o no, algo de esa verdad de la que me habló Antoni Marí; una verdad fruto del que cree honestamente en sus palabras. Creo que soy todavía demasiado joven para creer en nada. Pero es cierto que, de pronto, bajo aquella luz amarilla tan horrorosa que decora la sala de espera del hospital, me pareció injusto no haber podido coincidir del todo con él en este mundo. Como si, de alguna manera, él tuviera todas las respuestas a todas mis preguntas y simplemente yo no tuviera tiempo de hacerle ninguna.
Al despedirnos me dijo que, en cuanto llegara a casa, escribiría un cuento sobre este día tan fantástico, tan fantástico, en esta sala tan triste de caras grises. A mí me gusta pensar que lo hizo. De todos modos, aquí está el mío.