El Museo Moderno de Buenos Aires despide el 2025 con una programación excepcional que transforma cada una de sus salas en un territorio de exploración estética. El cierre del año encuentra al museo completamente tomado por un conjunto de exposiciones temporales de fuerte impacto visual y conceptual, entre las que se destacan las intervenciones de Elian Chali, la muestra Moderno y Metamoderno, Arte es Teatro y Daniel Basso: Terciopelo Club, esta última con permanencia hasta marzo de 2026.
En este marco, el Museo Moderno presenta la primera exposición individual en un museo argentino de Daniel Basso (Mar del Plata, 1974), una figura clave para pensar los cruces entre arte contemporáneo, diseño y cultura visual popular. La muestra reúne una serie de obras inéditas, producidas especialmente para esta ocasión, que condensan los intereses recurrentes del artista marplatense y los proyectan en un nuevo registro espacial.

A través de materiales suntuosos, superficies envolventes y referencias a la estética nocturna, Terciopelo Club activa una atmósfera donde conviven el recuerdo agridulce de la costa atlántica, la nostalgia de una modernidad prometida y el pulso ambiguo de la noche como escenario de deseo y desencanto. Basso trabaja con una sensibilidad que rescata la belleza cotidiana del diseño comercial —letreros, textiles, colores y texturas— para ponerla en tensión con las emociones colectivas que atraviesan esos lenguajes.
La exposición se inscribe así en una reflexión más amplia sobre las formas en que el arte dialoga con la experiencia urbana, el ocio y la memoria afectiva, consolidando al Museo Moderno como un espacio donde lo contemporáneo no solo se exhibe, sino que se vive como experiencia sensorial y cultural.
Comisariada por Franco Chimento, la exposición propone un universo construido a partir de objetos de intensa capacidad de fascinación, ubicados en un territorio ambiguo entre la escultura, la arquitectura y el ornamento puro. En ese umbral, Daniel Basso despliega un lenguaje propio con el que da forma a simulacros tan artificiales como habitables, espacios que invitan a ser recorridos y experimentados, animados por un marcado espíritu lúdico.

A través de cambios de escala, juegos perceptivos y elaborados contrastes de texturas y colores, el artista convierte cada ambiente en un dispositivo de apariencias, donde lo real se diluye en una ficción cuidadosamente construida. Sus instalaciones funcionan como escenarios en los que nada es del todo estable y en los que el espectador se ve envuelto por una experiencia sensorial que privilegia el engaño visual y la ilusión.
Desde una lectura singular de la atmósfera cultural de los años noventa, Basso recupera la estética de los clubes nocturnos, los imaginarios del turismo popular y una celebración deliberada de las superficies. Estos elementos, lejos de operar como simples referencias nostálgicas, son llevados al límite de la excentricidad formal, hasta sumergir al visitante en un paisaje evanescente, donde la memoria colectiva, el artificio y el deseo se confunden en un juego continuo de seducción visual.