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Opinión

Por una Cataluña probarroca

Admirar el barroco autóctono y la decadencia de una época

Maria Garganté, autora del llibre Paisatge Barroc, explicant un retaule d’aquella època
Por una Cataluña probarroca

Somos un país ensimismado. Nos miramos mucho el ombligo y necesitamos tener unos referentes claros. Para que no parezca que nos despistamos. En la historia del arte, los catalanes hemos forjado una época ideal, o mítica: el período medieval. Y unos estilos: el románico y el gótico. Esta causa medievalista ya viene de la Renaixença, cuando tomamos la idea de que recorre Europa: el origen de los pueblos se encuentra en la edad media. Después, el catalanismo noucentista acabará de subrayarlo: aunque Eugeni d'Ors se obnubila por los hallazgos en las ruinas de Empúries, la acción de gobierno rescata las pinturas románicas del Pirineo. Y envía un mensaje claro: la historia del arte catalán comienza ahí.

El problema de este empeño colectivo es que hemos menospreciado, en arte y en literatura, otros períodos, tendencias o momentos que son tan nuestros como los estilos medievales. Por ejemplo, el barroco. Justamente este año existen dos avisos de este olvido de la cultura catalana de los siglos XVII y XVIII. Por un lado, la celebración del Año del Rector de Vallfogona, Vicent Garcia, la recuperación de su literatura y el estudio de esa época, especialmente a través del trabajo del filólogo Albert Rossich. Es este estudioso quien, por su parte, ha empezado a desmentir ese estribillo que todos habíamos estudiado: que aquel período era de decadencia.

El otro aviso de la importancia del período se ha dado a través de la historiadora del arte Maria Garganté, que acaba de publicar el libro Paisatge Barroc. El arte en Cataluña durante los siglos XVII y XVIII (Farell Editors). De hecho, Garganté lleva años estudiando y divulgando la importancia del barroco catalán. Un día le sentí una idea sugestiva que he podido corroborar: al contrario de lo que puede pensarse, el skyline del mundo rural catalán es fundamentalmente barroco.

El libro de Maria Garganté es una manera fácil de introducirse en las tendencias y los nombres más importantes de aquellos años en Cataluña en arquitectura, pintura, lo que algunos llaman artes menores (sic), los retablos... Y la propia concepción del espacio barroco, en su aspecto de vida o su proyección hacia el exterior. El libro es todo un descubrimiento, incluso para aquellos que hace años que empezamos a mirar al barroco autóctono con otra mirada, no como si aquellos retablos, los pongo de ejemplos, fueran unos intrusos que nos hubiesen tomado alguna riqueza anterior que quizás ni existía.

Un último apunte sobre ese Paisaje Barroco que me ha entusiasmado. Siempre me quejo de que la historia del arte es una construcción que recoge lo que nos dejó el poder. Aquí, en cambio, Garganté también nos informa de algo fundamental: las construcciones civiles, la inserción de ese estilo en unos entornos de payés y un pequeño capítulo fascinante sobre el arte de la fiesta, las celebraciones populares de aquellos tiempos . La religión casi siempre con una presencia absorbente, ¡ay las!, pero es eso que decía del poder, no hay manera de deshacerse de la potencia desorbitada y despótica que ha tenido la Iglesia católica en nuestra historia.

Somos tan especialistas en elegir (una comida, un partido, una persona, un estilo artístico...), que nos hemos visto abocados a no admirar a nuestro barroco como se merece. La decadencia no proviene de aquella época, sino de aquellos que creen que sólo ellos pueden señalar dónde está el auge y dónde está el declive estético. Casi siempre se equivocan.

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