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Amante de las instalaciones, desde sus inicios en los años 70, Antoni Federico ha convertido su estudio del Estrada en un auténtico laboratorio de investigación. Desde allí, y con una dedicación exclusiva, genera objetos artísticos que le sirven de herramienta para comprender algo mejor lo que significa “ser humanos” y esto comporta adentrarse en la aventura de intentar avanzar en el conocimiento del mundo, sus leyes, su naturaleza detrás.

Convencido de que el verdadero trabajo del artista consiste en explorar lo desconocido e intentar representar lo inefable, Federico nos sorprende con artefactos difícilmente clasificables. Se trata de construcciones que actúan como alegorías de los temas universales que, desde los orígenes de la humanidad, han sido abordados primero por la mitología y la religión y después por la ciencia y la filosofía y también por el arte.

Desde un planteamiento estético muy personal, este artista concibe cada exposición como una auténtica ocupación del espacio, como una transformación de la sala, con el objetivo de sacudir al espectador, de impactarlo desde el punto de vista sensorial e intelectual, de platearle interrogantes y provocarle emociones.

En esta ocasión, la iglesia del antiguo convento de Sant Agustí de Castelló d'Empúries actúa como receptáculo inmejorable de una gran construcción concebida como un portal a cruzar y que incluye un repertorio muy extenso de los recursos materiales y del lenguaje que preside el trabajo de Antoni Federico.

La pintura sobre madera, la terracota, el metacrilato, el metal y el papel se mezclan y conviven en un portal de dimensiones monumentales que nos invita a cruzar el umbral del lenguaje artístico convencional y nos adentra en un universo a medio camino de la física cuántica y de la geometría sagrada.

La instalación central se acompaña de una elección muy exigente de piezas que ocupan las capillas laterales y nos impactan ya veces nos desconciertan. Con un sentido extraordinario de la escenografía, “Cruzar el umbral” evidencia que en la elección de cada pieza y en su distribución por el espacio ocupado existe una voluntad de entender la exposición como un proyecto global.

Todo ello es un excelente ejemplo de cómo el diálogo entre el arte contemporáneo y los espacios patrimoniales ancestrales se convierte en una experiencia artística singular, altamente significativa y, en este caso, ineludible.

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