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Han destrozado la costa. Todo está masificado. Viajar ya no es como antes. Volar en avión, tampoco, se ha perdido el glamour. Y después está el tema de la huella de carbono. No puede que todo el mundo viaje a cualquier lugar. Es necesario establecer un control. Limitar el acceso a playas, puede que se pueda llegar sólo en barco. E incrementar los precios de los pasajes de avión. Son argumentos y expresiones habituales en la discusión sobre la relación entre turismo y sostenibilidad. A través de ellas se desliza una mezcla de legítima preocupación ecológica con un ademán hipster que se alía a la reivindicación del lujo y la exclusividad. De modo que la sostenibilidad parece un argumento o una excusa para recuperar el espacio del viaje para aquellos que pueden permitírselo. Es evidente que uno de los cambios más visibles del siglo XXI ha tenido que ver con la popularización y democratización del viaje. Dicho de otra forma, con el hecho de que amplios sectores de la población que por razones de clase no habíamos podido viajar, sí que lo hemos hecho en los últimos veinticinco años. Y con fruición. Y hemos alquilado apartamentos, hemos cogido vuelos y hemos visitado países lejanos.

Es imposible separar el debate sobre el turismo y su relación con la sostenibilidad de la lucha de clases, sencillamente porque muchos de los argumentos que se usan al respecto tienen que ver con culpabilizar a la democratización y popularización del viaje del destrozo del planeta: las segundas residencias (utopía de progresión social de la clase trabajadora), los paquetes turísticos, el balconing , las discotecas y el alcohol barato (Jarvis Cocker, de Pulp, cantaba en Common people que una de las pocas opciones de la clase trabajadora es emborrachar y follar el fin de semana) o los vuelos de bajo coste. Parece que la única solución para tener un turismo sostenible es volver a la exclusividad: coches eléctricos el doble de caros que cualquier utilitario, barcos para llegar a las playas, fin de bajo coste…

El arte siempre ha sido un buen lugar para establecer un espejo desde donde reflexionar sobre los procesos históricos y sociales. Aquí también puede ser útil. Y no me refiero a producciones artísticas dedicadas a pensar la relación entre turismo y sostenibilidad, sino a la propia estructura del arte como espejo. Quizás sólo hay pequeños síntomas, pero convendría preguntarnos si en arte también estamos asistiendo a un movimiento de reapropiación de la producción artística, como objeto exclusivo, con encuentros y exposiciones en lugares exclusivos ligados al ocio de la burguesía catalana ( en nuestro caso) y que comienzan a despachar como asunto histórico aquellas formas de arte que se pensaron desde una posible democratización, desde la destrucción del objeto arte y su secularización. La pregunta es: ¿en arte, como en la discusión entre turismo y sostenibilidad, estamos asistiendo a un proceso reaccionario de reapropiación del espacio de la cultura por parte de élites sociales?

En la imagen: Eugenia Balcells. Becoming, 2007. Cortesía de la Fundación Vila Casas.

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